Ecos del silencio

La grieta entre los días

Hana despertó con la sensación de que algo había cambiado.
No en la habitación. No en la ciudad.
Sino en el aire.

Se sentó en la cama y llevó una mano al pecho. Su corazón latía con un ritmo distinto, como si hubiera corrido… o llorado… en un lugar que no recordaba del todo. Durante unos segundos, tuvo la certeza de que había pronunciado un nombre mientras dormía.

—Tatsuki… —susurró sin darse cuenta.

El silencio respondió.

Ese día, las visiones no llegaron como flashes violentos. Fueron suaves. Demasiado suaves. Recuerdos que no eran suyos se filtraban como agua entre los dedos: una calle al amanecer, el sonido de pasos apurados, una mochila golpeando una pierna al caminar. Todo desde los ojos de alguien más.

Desde los ojos de él.

Al mismo tiempo, cuatro años atrás, Tatsuki se detuvo en seco en medio de la clase. El profesor seguía hablando, los demás escribían, pero él ya no estaba allí. Frente a él apareció una imagen clara, dolorosamente clara: Hana sentada junto a una ventana que no existía aún, mirando una ciudad reconstruida.

Una ciudad después del desastre.

El lápiz cayó de su mano.

—No… —murmuró—. Esto ya no son solo visiones.

Esa tarde, ambos sintieron lo mismo:
una presión en la cabeza, un zumbido constante, como si el tiempo mismo estuviera tensándose. No era un sueño. No era imaginación. Algo estaba rompiéndose entre sus líneas temporales.

Hana abrió su libreta y escribió una sola frase, con la mano temblándole:

> “Nos estamos acercando demasiado.”

En otro punto del tiempo, Tatsuki escribió exactamente lo mismo.

Y por primera vez desde que todo comenzó, ambos sintieron miedo.
No por el terremoto.
No por el futuro.

Sino por una pregunta que empezaba a doler demasiado:

¿Qué pasará cuando el tiempo ya no pueda mantenerlos separados?




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