Ecos del silencio

Voces que no deberían existir

El silencio que siguió fue distinto a cualquier otro.
No era vacío.
Estaba lleno de presencia.

Hana sentía el corazón golpeándole el pecho con fuerza. Nunca había hablado con nadie dentro de una visión. Nunca había respondido… y mucho menos había sido escuchada. Se levantó lentamente del suelo, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper ese hilo invisible que los unía.

—No sé cómo está pasando esto —dijo, con la voz temblorosa—, pero… tú también lo sientes, ¿verdad?

Del otro lado del tiempo, Tatsuki apretó los puños. El puente seguía ahí, el agua corría debajo, pero todo parecía lejano. Lo único real era esa voz. Su voz.

—Sí —respondió—. Desde hace días. Veo cosas que no existen todavía… lugares destruidos. Y a ti.

Hana cerró los ojos.

—Entonces es verdad —susurró—. No estoy imaginando nada.

La conexión vibró, como si el tiempo se resistiera a esa conversación. Ambos sintieron un leve mareo, una presión incómoda, pero ninguno quiso soltarse.

—Escucha —dijo Tatsuki con urgencia—. Hay algo que no entiendo. Todo lo que veo… siempre termina igual. Hay caos. Sirenas. Gente corriendo.

Hana sintió un nudo en la garganta.

—Un terremoto —dijo al fin—. Destruyó parte de la ciudad. Murieron muchas personas.

El aire se tensó.

—¿Cuándo? —preguntó él.

Ella dudó. Sabía que esa respuesta podía cambiarlo todo.

—Dentro de cuatro años… desde tu tiempo.

Tatsuki se quedó en silencio. El mundo parecía haberse detenido alrededor suyo.

—Entonces… —murmuró— todavía no ha pasado.

—No —respondió Hana—. Y por eso estoy aquí. Porque necesito saber si hay algo que podamos cambiar.

La conexión comenzó a fallar. Las imágenes se distorsionaron, las voces se fragmentaron, como si alguien estuviera cerrando una puerta a la fuerza.

—Espera —dijo Tatsuki—. No te vayas todavía.

—Volveré —respondió Hana con certeza—. No sé cómo… pero lo haré.

La presencia desapareció de golpe.

Hana cayó sentada en la cama, respirando con dificultad.
Tatsuki se apoyó contra la baranda del puente, temblando.

Ambos entendieron lo mismo al mismo tiempo:

Habían cruzado una línea que no debía cruzarse.
Y aun así… ninguno se arrepentía.

Porque ahora ya no eran solo dos personas viendo recuerdos.
Eran dos voluntades intentando cambiar el destino.




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