Ecos del silencio

El peso de saber

Hana pasó el resto de la noche despierta. No volvió a tener visiones, pero el silencio se sentía distinto, como si el tiempo estuviera conteniendo la respiración. Repasó cada palabra, cada pausa, cada vibración de esa voz que no debía existir.

No era un recuerdo.
No era una ilusión.

Era Tatsuki.

Abrió la libreta y escribió con letra firme, como si necesitara anclar la realidad:

> “Él está antes del desastre. Aún hay tiempo.”

Cerró la libreta y apoyó la frente en la mesa. Por primera vez desde que todo comenzó, la esperanza le dolía.

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En el pasado, Tatsuki caminó de regreso a casa con pasos lentos. La ciudad seguía intacta, viva, ajena a lo que él acababa de escuchar. Las luces de los semáforos, las risas lejanas, los autos pasando… todo parecía frágil ahora.

Cuatro años.

Cuatro años antes del final de tantas cosas.

Entró a su habitación y se dejó caer en la cama. Miró el techo, tratando de ordenar sus pensamientos, pero una idea se imponía sobre todas:

—Si lo sé… —murmuró—, no puedo fingir que no pasa nada.

Cerró los ojos y, por un instante, creyó sentir de nuevo esa presencia. No palabras. No imágenes. Solo una certeza cálida y dolorosa a la vez: ella también estaba pensando en él.

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A la mañana siguiente, Hana visitó el archivo municipal. Pasó horas revisando informes, fechas, mapas sísmicos. Cada dato era una pieza más de un rompecabezas cruel. El epicentro, la hora exacta, los barrios más afectados.

Todo coincidía.

—Si cambio una cosa… —pensó—, ¿cambiará todo?

En otro tiempo, Tatsuki comenzó a anotar pequeños detalles del día a día: rutas, edificios antiguos, concentraciones de gente. No sabía aún qué podía hacer, pero necesitaba estar preparado.

Ambos avanzaban a ciegas, unidos por una verdad peligrosa:
saber el futuro no garantizaba poder cambiarlo.

Y aun así, ninguno estaba dispuesto a rendirse.

Porque ahora, más allá del miedo, había algo más fuerte creciendo entre ellos.
Algo que no entendía de años ni de límites.

Algo que el tiempo, por más que lo intentara,
ya no podía ignorar.




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