El punto señalado no era especial a simple vista.
Hana llegó al lugar al atardecer, guiada por una intuición que no podía explicar. Era una intersección común: una tienda vieja en la esquina, un poste de luz inclinado, el murmullo constante de autos pasando. Sin embargo, al poner un pie allí, el aire se volvió pesado, como si el mundo dudara por un segundo.
—Aquí… —murmuró.
Cerró los ojos y dejó que la sensación la atravesara. No hubo imágenes claras, solo capas: risas superpuestas, sirenas lejanas, el temblor sordo bajo la tierra. Todo coexistía. Pasado y futuro respirando en el mismo espacio.
Sacó su libreta y escribió con cuidado, como si el papel pudiera romperse:
> “Este cruce sostiene demasiadas versiones de sí mismo.”
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En el pasado, Tatsuki volvió al mismo lugar al anochecer. La luz del poste parpadeaba, y por un instante juró ver dos sombras donde solo debía haber una. Apoyó la mano en el metal frío y sintió un cosquilleo recorrerle el brazo.
—No es mi imaginación —dijo—. Aquí pasa algo.
Sacó el cuaderno y añadió un dibujo rápido del cruce. Marcó la esquina, el poste, la tienda. Detalles mínimos, pero precisos. Luego, con una decisión que lo sorprendió, dejó el cuaderno abierto y respiró hondo.
—Hana… —susurró—. Si estás ahí… dime qué ves.
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La respuesta no llegó en palabras.
Hana sintió un tirón en el estómago y el mundo se inclinó. Por un segundo, estuvo allí, pero no como espectadora. Vio la escena desde sus ojos: la calle intacta, la tienda abierta, la noche joven. Y frente a ella, una figura borrosa, demasiado cercana para ser solo una visión.
—Te veo —dijo, sin saber si su voz cruzaba el umbral.
Tatsuki sintió el golpe en el pecho. La presión era intensa, pero no dolorosa. Levantó la vista y, por un parpadeo, creyó distinguir un contorno donde no había nadie.
—Yo también —respondió—. Aunque no del todo.
El tiempo vibró. No se rompió. Se estiró.
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Ambos entendieron algo esencial en ese instante:
ese lugar no era un simple punto en el mapa. Era un nodo. Un sitio donde las decisiones pesaban más. Donde una acción pequeña podía resonar a través de los años.
—Si hacemos algo aquí —dijo Hana—, el futuro cambia.
—Entonces hay que ser cuidadosos —contestó Tatsuki—. Mucho.
El contacto se debilitó, como una señal que se va cuando el viento cambia. Antes de perderse del todo, Hana dejó una última intención, clara y firme. No palabras. Un acuerdo.
Tatsuki asintió, aunque no sabía cómo lo sabía.
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Cuando la conexión se desvaneció, el cruce volvió a ser solo una esquina más. Pero para ellos, ya no lo sería nunca.
Hana guardó la libreta con manos temblorosas.
Tatsuki cerró el cuaderno y dio un paso atrás.
Ambos pensaron lo mismo, al mismo tiempo:
Si este es el lugar donde todo converge, también puede ser el lugar donde todo se decide.