Esa noche ninguno de los dos durmió bien.
Hana se quedó mirando el techo, escuchando el latido constante de la ciudad. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el cruce: el peso del aire, la vibración invisible bajo sus pies. No era miedo… era responsabilidad.
—Si ese lugar responde —pensó—, entonces también escucha.
Se sentó en la cama y abrió la libreta. Sus manos dudaron antes de escribir, como si supiera que cada palabra dejaba una huella real.
> “No podemos forzar el encuentro.
Pero tampoco podemos evitarlo.”
Al cerrar el cuaderno, una certeza la atravesó: el momento se acercaba, quisiera o no.
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Tatsuki caminó por su habitación como un león enjaulado. Volvió a leer sus notas una y otra vez. Fechas, sensaciones, pequeñas coincidencias que antes parecían insignificantes ahora formaban un patrón demasiado claro para ignorarlo.
—No es un error del tiempo —murmuró—. Somos nosotros dentro de él.
Se detuvo frente a la ventana. El reflejo en el vidrio le devolvió una imagen cansada, pero decidida. Por primera vez, no sintió ganas de huir del problema.
Tomó el cuaderno y escribió una sola frase, firme:
> “Si el cruce es la llave, alguien tendrá que girarla.”
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Al día siguiente, el cielo amaneció extraño. No nublado, no despejado. Suspendido.
Hana volvió al cruce a plena luz del día. Todo parecía normal, demasiado normal. La gente pasaba sin notar nada, como si caminara sobre un secreto enterrado.
Se acercó al poste de luz. Al tocarlo, sintió el mismo cosquilleo… pero esta vez fue más fuerte.
—No ahora —susurró—. Todavía no.
El suelo vibró apenas, como una respuesta contenida.
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En otro tiempo, Tatsuki hizo exactamente lo mismo.
Misma esquina. Mismo poste. Mismo gesto.
Cuando apoyó la mano, una imagen lo golpeó de frente: Hana, de espaldas, con la libreta apretada contra el pecho. No era un recuerdo ni una fantasía. Era una posibilidad.
—Te voy a encontrar —dijo, sin saber a quién más que a ella—. Aunque el tiempo se rompa.
El cruce reaccionó.
No con un temblor, sino con silencio. Un silencio profundo, denso, que duró apenas un segundo… suficiente para sellar algo invisible.
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Ambos se alejaron del lugar con la misma sensación clavada en el pecho:
Ya no estaban observando el fenómeno.
Ya no eran víctimas del tiempo.
Habían tomado una decisión.
Y el mundo, lentamente, empezaba a ajustarse a ella.