Ecos del silencio

Las grietas que no se ven

Hana comenzó a notar algo inquietante:
las visiones ya no llegaban como antes.

No eran imágenes claras ni recuerdos ajenos que se imponían de golpe. Ahora eran fragmentos. Sonidos sin origen. Sensaciones que no le pertenecían del todo. Como si el tiempo estuviera cansándose de sostener el vínculo.

Esa mañana, mientras caminaba por la ciudad, el suelo vibró apenas. No fue un terremoto. Nadie más reaccionó. Los autos siguieron, la gente habló, los semáforos cambiaron de color.

Pero Hana se detuvo.

—No fue real… —se dijo—. ¿O sí?

En su pecho apareció esa presión conocida, la misma que sentía antes de cada visión importante. Cerró los ojos por un segundo… y el mundo cambió.

Vio una calle que reconoció al instante.
No por haberla caminado, sino por haberla visto a través de él.

Tatsuki estaba ahí.

No de frente. No completo. Solo su espalda, quieta, observando algo que Hana no podía ver. El aire alrededor de él parecía distorsionado, como si la realidad se doblara ligeramente a su alrededor.

—Tatsuki… —susurró, sin saber si él podía escucharla.

En el otro lado del tiempo, Tatsuki sintió el golpe.

No físico. Fue como si algo se rompiera dentro de su cabeza. Se apoyó contra una pared, respirando con dificultad. Desde hacía días, las visiones se habían vuelto más intensas… pero también más peligrosas.

Ahora no solo veía el futuro.
Empezaba a sentirlo desmoronarse.

—Esto no es normal… —murmuró.

Sacó su cuaderno, aquel donde anotaba fechas, lugares y sensaciones. Pasó las páginas rápido hasta detenerse en una anotación reciente:

“Si sigo viendo más allá… algo va a romperse.”

No recordaba haber escrito eso.

Al levantar la mirada, el cielo cambió de color por un segundo. Apenas un parpadeo. Azul… gris… azul otra vez.

Demasiado rápido para ser real.
Demasiado lento para ser ignorado.

Esa noche, ambos soñaron lo mismo.

No un recuerdo.
No una visión.

Un lugar vacío.

Una ciudad sin personas. Sin sonido. Sin tiempo. Solo ellos dos, de espaldas, separados por unos pocos metros… incapaces de girarse.

Y una certeza compartida:

El vínculo no estaba fallando.
El vínculo estaba llegando a su límite.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.