Hana despertó con la sensación de que alguien había pronunciado su nombre.
No en voz alta.
No en un sueño común.
Fue como si el aire mismo lo hubiera dicho.
Se incorporó lentamente, mirando alrededor de su habitación. Todo estaba en su lugar: la ventana entreabierta, la luz gris del amanecer, el silencio habitual de la ciudad antes de activarse. Pero algo era distinto.
El cuaderno estaba abierto.
Ella estaba segura de haberlo cerrado la noche anterior.
Se acercó con cautela. Las páginas no mostraban dibujos ni fechas nuevas, solo una frase escrita con letra temblorosa, casi irreconocible:
“Si el tiempo puede escucharnos… entonces aún hay esperanza.”
Hana sintió un nudo en la garganta.
—Yo no escribí esto… —susurró.
Pero en el fondo, sabía de quién era esa letra.
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En el otro extremo de la línea temporal, Tatsuki llevaba horas sin dormir. Sentado en el borde de su cama, observaba sus manos como si no fueran del todo suyas. Cada vez que cerraba los ojos, sentía que alguien estaba cerca, demasiado cerca.
No como una presencia física.
Como una emoción compartida.
Tomó su celular, aunque sabía que no habría mensajes. La pantalla se encendió sola por un instante y luego mostró algo imposible: una fecha.
No era la de su tiempo.
Era cuatro años después.
—Así que… tú también estás ahí —dijo en voz baja.
Por primera vez, no sintió miedo.
Sintió calma.
Esa tarde, ambos caminaron por sus respectivas ciudades casi al mismo tiempo. Calles distintas. Gente distinta. Pero los pasos… sincronizados. Cada decisión, cada giro, cada pausa, parecía responder a algo que ninguno podía explicar.
En un cruce de calles, Hana se detuvo sin razón aparente.
En otro cruce, en otro año, Tatsuki hizo lo mismo.
Los dos levantaron la mirada al cielo.
No pasó nada espectacular.
No hubo visiones ni rupturas.
Solo una sensación clara, firme, imposible de negar:
No estaban siendo arrastrados por el tiempo.
Lo estaban desafiando.
Y el tiempo… estaba empezando a responder.