Hana comenzó a escribir con más cuidado que nunca.
No porque tuviera miedo de equivocarse, sino porque sentía que cada palabra podía afectar algo que no alcanzaba a ver. El cuaderno ya no era solo un registro de visiones; se había convertido en un puente frágil, uno que no sabía cuánto más resistiría.
“Hoy no vi nada”, anotó.
“Pero sentí todo.”
Cerró los ojos.
No hubo imágenes. No hubo calles ni fechas. Solo una emoción cruda, profunda, que no era completamente suya. Una mezcla de cansancio y determinación, como si alguien estuviera sosteniendo algo pesado… sin intención de soltarlo.
—Eso eres tú… —murmuró—. ¿Verdad?
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Tatsuki estaba en la azotea del edificio donde solía ir cuando necesitaba pensar. Desde ahí, la ciudad parecía tranquila, casi ajena a las grietas que él sentía abrirse bajo la superficie del tiempo.
Se sentó en el borde, con las piernas colgando, y respiró hondo.
—No sé cuánto más pueda aguantar —dijo al vacío.
Y por primera vez, respondieron.
No con palabras.
Con una sensación cálida, breve, pero real. Como una mano apoyándose en su espalda.
Tatsuki apretó los dientes.
—No hagas eso… —susurró—. Si te siento así, no voy a querer soltar.
El viento se levantó de golpe. No fue fuerte, pero fue suficiente para que su cuaderno se abriera solo. Las páginas pasaron rápido hasta detenerse en una hoja en blanco.
Y entonces, una frase apareció.
No escrita.
Sentida.
“Yo tampoco quiero.”
Tatsuki se quedó inmóvil.
No estaba viendo el futuro.
No estaba recordando el pasado.
Estaba compartiendo el presente con alguien que no debería existir en su tiempo.
Esa noche, ambos se acostaron mirando al techo.
Ninguno soñó.
Ninguno tuvo visiones.
Pero los dos supieron algo con absoluta certeza:
Ya no era solo curiosidad.
Ya no era solo destino.
Lo que los unía…
ya dolía demasiado como para ignorarlo.