Tatsuki llevaba días sintiendo que el futuro se le venía encima.
No como una visión clara ni como una advertencia directa, sino como una carga constante, invisible, que hacía más difícil cada paso. Caminar, respirar, incluso pensar… todo parecía exigirle un esfuerzo extra.
Estaba en el aula, sentado frente a su cuaderno abierto, pero no había escrito una sola palabra en más de veinte minutos. Las fechas que solía anotar ya no le decían nada. Los eventos futuros que antes observaba con distancia ahora le provocaban una incomodidad profunda.
Porque en todos…
ella estaba presente.
—Esto no debería pasar —murmuró, cerrando el cuaderno con fuerza.
Apoyó los codos sobre la mesa y se llevó las manos al rostro. No era miedo. Era algo peor: la sensación de que, sin darse cuenta, había empezado a querer proteger algo que aún no existía en su tiempo.
Cuando levantó la mirada, el aula estaba vacía.
No recordaba que la clase hubiera terminado.
El reloj marcaba una hora imposible.
—Otra vez… —susurró.
Se levantó lentamente y salió al pasillo. El edificio se sentía extraño, como si estuviera demasiado silencioso. Cada paso resonaba más de lo normal, y por un momento tuvo la impresión de que no estaba solo.
—Hana… —dijo sin pensar.
El aire se volvió denso.
No la vio.
No la escuchó.
Pero la sintió.
Una emoción suave, contenida, mezclada con preocupación. No era una visión del futuro ni un recuerdo del pasado. Era ella, en ese mismo instante, existiendo en otro punto del tiempo.
Tatsuki apretó los puños.
—Si sigo así… —pensó— voy a cruzar una línea que no se puede deshacer.
De pronto, la imagen apareció.
Un fragmento del futuro que nunca había visto completo:
edificios resquebrajándose, el suelo abriéndose, personas corriendo… y una figura detenida en medio del caos.
No pudo ver su rostro.
Pero supo quién era.
—No… —dijo, dando un paso atrás—. Eso no.
El vínculo reaccionó de inmediato. Una presión en el pecho, seguida de una claridad dolorosa.
Cambiar el futuro no era imposible.
Pero hacerlo tendría un costo.
Y ese costo…
podría ser él mismo.
Tatsuki respiró hondo, intentando calmarse.
—Aún no —dijo en voz baja—. Todavía no.
Pero en el fondo, ya lo sabía.
Mientras Hana buscaba respuestas en el pasado,
él estaba llegando a una conclusión inevitable en el futuro.
Y el tiempo, paciente y cruel,
solo estaba esperando a que uno de los dos diera el primer paso irreversible.