Hana llevaba horas revisando mapas antiguos.
No buscaba calles ni nombres. Buscaba patrones. Lugares que se repetían en distintas épocas, puntos donde el tiempo parecía doblarse sobre sí mismo. Cada marca que hacía con el lápiz era una intuición más que una certeza.
Se detuvo.
Había un punto que aparecía en todos los registros:
el mismo sector, el mismo ángulo, el mismo vacío inexplicable en los archivos.
—Siempre aquí… —susurró.
El lápiz se le resbaló de los dedos.
En cuanto tocó el suelo, la visión llegó.
No fue violenta.
Fue silenciosa.
Hana vio a Tatsuki de pie, respirando con dificultad, como si cargara algo invisible. No había destrucción alrededor, ni caos. Solo él… y una decisión suspendida en el aire.
—No lo hagas solo —dijo, sin darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.
El mundo volvió a la normalidad.
Pero su corazón no.
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En el futuro, Tatsuki sintió un cambio inmediato.
No una imagen.
No un recuerdo.
Fue una presencia firme, distinta a las anteriores. No frágil, no difusa. Era Hana… intentando alcanzarlo sin romper nada.
Se apoyó contra una baranda, cerrando los ojos.
—Por fin… —murmuró.
Por primera vez, no sintió que el vínculo lo empujara hacia adelante ni lo arrastrara al pasado. Se sintió anclado.
Como si alguien le estuviera diciendo: no corras.
—No puedo hacerlo sin ti —pensó—. Y tú tampoco.
El viento se levantó suavemente. Las luces de la ciudad parpadearon una sola vez. Nada que alarmara a nadie… excepto a él.
Porque supo algo con total claridad:
El tiempo ya había aceptado su conexión.
Ahora estaba probándola.
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Esa noche, ambos escribieron sin ver lo que el otro hacía.
Hana anotó: “Si llegamos al mismo punto, el tiempo tendrá que escucharnos.”
Tatsuki escribió: “No se trata de cambiar todo. Se trata de elegir qué salvar.”
Dos pensamientos distintos.
Una misma dirección.
Y por primera vez desde que todo comenzó,
el vínculo no se sintió como una grieta…
sino como un camino.