Hana despertó con una certeza incómoda.
No era una visión.
No era un recuerdo.
Era una respuesta.
Se sentó en la cama de golpe, llevando una mano al pecho. El latido estaba acelerado, pero no por miedo. Era otra cosa… como si alguien hubiera tocado una cuerda y su cuerpo aún vibrara.
—Tatsuki… —susurró.
No sabía cómo, pero lo supo:
él había sentido lo que ella pensó anoche.
Se levantó y abrió la ventana. El aire de la mañana era frío, real, normal. Y aun así, algo había cambiado. El mundo seguía igual, pero el silencio ya no estaba vacío.
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En el futuro, Tatsuki no había dormido.
Había pasado la noche caminando por la ciudad, dejando que el cansancio físico mantuviera a raya los pensamientos. Pero ahora, con el amanecer reflejándose en los edificios, lo entendió.
El vínculo ya no era un accidente.
—Está aprendiendo —dijo en voz baja.
Se detuvo frente a un panel de vidrio. Su reflejo le devolvió una mirada distinta: menos culpa, más decisión. Por primera vez desde que todo comenzó, no se sentía solo cargando el peso del tiempo.
—Si tú empujas… yo sostengo —pensó.
Y el eco respondió.
No con palabras.
Con calma.
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Hana pasó el día inquieta.
Cada vez que dudaba, sentía una leve presión en el pecho, como una mano invisible diciéndole sigue. Cada vez que el miedo asomaba, desaparecía antes de crecer.
Eso era lo que más la asustaba.
—No debería ser tan claro —se dijo—. Nada que involucre el tiempo lo es.
Pero aun así, sonrió.
Porque por primera vez, no estaba tratando de alcanzar a alguien que huía. Estaba caminando al mismo ritmo.
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Esa noche, ambos miraron el cielo.
No el mismo cielo.
No la misma época.
Pero la misma pregunta.
¿Y si esta vez no nos perdemos?
El vínculo no respondió de inmediato.
Como si el tiempo, por una vez,
estuviera pensando qué decir.