Ecos del silencio

La grieta que no debía existir

El problema no fue el vínculo.

Fue lo que apareció alrededor de él.

Hana lo notó primero mientras caminaba por el pasillo del instituto. Las voces sonaban normales, los pasos seguían su ritmo habitual, pero algo estaba… desfasado. Como si el mundo hubiera perdido una fracción de segundo.

Se detuvo.

Por un instante, la luz del techo parpadeó. No se apagó. Titubeó.

—No… —murmuró.

No era cansancio. No era imaginación. Era el mismo tipo de sensación que precedía a los ecos, pero deformada. Torcida.

El vínculo se tensó.

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Tatsuki lo sintió al mismo tiempo.

No como calma.
Como una alarma muda.

Se apoyó contra una pared, respirando hondo. Las líneas temporales que solía percibir como corrientes suaves ahora se cruzaban de forma antinatural. Había interferencia.

—Esto no es producto nuestro —pensó—. Esto ya estaba aquí.

Y eso lo empeoraba todo.

Porque significaba que el tiempo no solo observaba.

Estaba reaccionando.

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Hana salió al patio.

El cielo seguía azul, pero por un segundo juró ver una grieta casi invisible, como un reflejo mal puesto sobre el aire. Parpadeó y desapareció.

El vínculo pulsó.

No mires atrás.

La advertencia no venía del miedo.
Venía del conocimiento.

—Tatsuki… ¿qué está pasando? —susurró.

No hubo respuesta inmediata.

Solo una sensación clara, firme, que le heló la sangre:

No estamos solos en esto.

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En el futuro, Tatsuki activó los registros antiguos. Datos que juró no volver a revisar. Patrones que solo aparecían cuando alguien forzaba conexiones que no debían madurar tan rápido.

Y allí estaba.

Un nombre.

Una anomalía.

—Así que despertaste… —dijo con voz tensa.

El vínculo con Hana seguía intacto. Fuerte. Real.

Pero ahora había algo más observando desde las grietas.

Algo que no buscaba unir.

Sino corregir.




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