Hana llevaba horas despierta, pero el reloj marcaba apenas las cinco de la mañana. La ciudad aún no respiraba del todo; era ese punto exacto donde el mundo parece suspendido, como si dudara si seguir existiendo un día más. Le gustaba ese momento. Allí, las grietas eran más visibles.
Se sentó frente a la ventana con la libreta abierta sobre las piernas. Las páginas ya no estaban limpias: fechas tachadas, diagramas imposibles, flechas que no llevaban a ningún lado lógico. Antes, escribía para entender. Ahora escribía para no olvidar.
Había algo distinto desde el último cruce.
No era solo la sensación de cercanía con Tatsuki. Era el peso. Como si el tiempo hubiera dejado de ser una corriente y se hubiera convertido en una presión constante sobre el pecho.
Cerró los ojos.
Por un instante, vio la misma calle de siempre… pero esta vez no estaba vacía. Había gente detenida, inmóvil, como figuras congeladas en una fotografía mal revelada. Los autos no avanzaban. El viento no movía nada. Solo ella caminaba.
—Esto no es una visión —murmuró—. Esto es un límite.
Al otro lado del vínculo, Tatsuki se incorporó de golpe en su cama. El sudor le corría por la frente y el corazón le golpeaba con una fuerza absurda. No había soñado. Estaba seguro.
Había escuchado una voz.
No era masculina ni femenina. No era joven ni vieja. No venía de afuera.
Cada conexión exige algo a cambio.
Se llevó la mano al pecho, justo donde sentía el tirón cada vez que Hana aparecía en su mente. Durante semanas había tratado de ignorarlo, de vivir como si aquello fuera solo una anomalía pasajera. Pero ya no podía mentirse.
Él también estaba cambiando.
Cuando se miró al espejo del baño, notó algo que lo dejó helado: sus ojos reflejaban luz incluso en la penumbra, como si captaran detalles que no deberían existir. Parpadeó varias veces. La imagen no desapareció.
—Entonces… así empieza —susurró.
Horas después, sin saber cómo ni por qué, ambos llegaron a la misma conclusión al mismo tiempo.
No estaban rompiendo las reglas del tiempo.
El tiempo estaba reaccionando a ellos.
Hana escribió una frase nueva, más grande que las demás, ocupando casi toda la página:
“Las reglas no se rompen. Se revelan.”
Sintió miedo, sí. Pero también algo más peligroso: determinación. Porque si el mundo iba a cobrarles por esa conexión, ella necesitaba saber el precio exacto antes de pagarlo.
Muy lejos de allí —o quizá no tan lejos— algo observaba. No con ojos, no con intención humana, sino con una paciencia antigua. La línea temporal vibraba suavemente, como una cuerda tensada al máximo.
Y por primera vez desde que todo comenzó, el observador no intervino.
Esperó.
Porque las decisiones importantes siempre las toman los que creen que aún tienen elección.