Ecos del silencio

Cuando el tiempo observa

El día avanzó como si nada estuviera ocurriendo, y eso fue lo que más inquietó a Hana.

Las personas caminaban, hablaban, reían. Los semáforos cambiaban de color. El mundo seguía funcionando con una normalidad casi ofensiva, como si no existieran grietas, como si el pasado y el futuro no estuvieran rozándose justo debajo de la superficie.

Ella sí lo sentía.

Era una presión constante detrás de los ojos, una vibración leve en los oídos, como un zumbido que no terminaba de desaparecer. Cada vez que intentaba concentrarse en algo cotidiano, una imagen se filtraba: calles que no coincidían, edificios que existían y no existían al mismo tiempo, sombras donde no debería haber nada.

El tiempo ya no estaba quieto frente a ella.
La estaba mirando.

En su habitación, Hana extendió sobre la cama todas las hojas que había reunido desde el inicio: notas, recortes, fechas, dibujos hechos a mano alzada que intentaban representar algo imposible de explicar con palabras. Al observarlas juntas, comprendió algo que antes no había querido aceptar.

No eran recuerdos desordenados.

Eran capas.

—No es una línea… —dijo en voz baja—. Son estratos.

Cada evento no reemplazaba al anterior. Se acumulaban. Se empujaban entre sí. Y en el centro de esa presión estaba ella… y Tatsuki.

Como si pensarlo fuera una señal, una oleada de imágenes la golpeó sin aviso.

Tatsuki, de pie en medio de una calle que ella reconoció de inmediato.
No por cómo se veía ahora… sino por cómo se vería después.

Ruinas. Silencio. Polvo suspendido en el aire.

Hana cayó de rodillas, respirando con dificultad.

—No —susurró—. Todavía no.

Al mismo tiempo, Tatsuki estaba detenido frente a un cruce peatonal. La gente pasaba a su alrededor, pero él no podía moverse. No por miedo. Por claridad.

Sabía exactamente dónde estaba.

Ese lugar no tenía sentido para nadie más, pero para él era una coordenada. Un punto fijo que aparecía una y otra vez en sus visiones, siempre con ligeras variaciones, como si el tiempo aún no decidiera qué versión conservar.

Sintió el impulso de mirar al cielo.

Las nubes parecían… lentas. No detenidas, pero sí cautelosas. Como si incluso ellas esperaran una señal antes de avanzar.

—Así que es verdad —murmuró—. No somos espectadores.

En ese instante, la conexión se tensó.

Hana sintió el tirón en el pecho. Tatsuki cerró los ojos al mismo tiempo. No hubo palabras, no hubo imágenes claras, pero ambos entendieron lo mismo con una certeza absoluta:

Había algo más allí.

No una persona. No una entidad con forma.
Una conciencia ligada al flujo del tiempo mismo.

No intervenía.
No corregía.
Solo observaba… y registraba.

Hana escribió una última frase antes de que la mano le temblara demasiado para seguir:

“Si el tiempo recuerda, entonces también puede perder.”

Esa noche, por primera vez, ninguno de los dos soñó.

Y ese silencio absoluto fue más aterrador que cualquier visión.

Porque cuando el tiempo deja de mostrarte cosas,
no es porque haya terminado…

es porque está esperando tu siguiente movimiento.




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