Hana despertó con la sensación de que algo había cambiado… no afuera, sino dentro de ella.
No hubo visiones al abrir los ojos.
No hubo imágenes filtrándose entre pensamientos.
Solo una claridad incómoda, pesada, como si por primera vez el tiempo le hubiera soltado la mano y le hubiera dicho: ahora camina sola.
Se sentó en la cama y apoyó los pies en el suelo. El frío la recorrió, pero no la sacó de ese estado extraño. Caminó hasta el espejo y se miró con atención.
Seguía siendo ella.
Pero no del todo.
Había algo en su mirada que antes no estaba: una decisión formándose, incluso sin palabras.
—No puedo seguir esperando —dijo, casi como una confesión.
Hasta ahora, todo había sido reacción. Visiones, recuerdos prestados, fragmentos de un futuro roto. Pero si el tiempo observaba… entonces también podía ser desafiado.
Mientras tanto, a varios años de distancia, Tatsuki estaba llegando a la misma conclusión.
Se encontraba en la azotea del edificio donde solía refugiarse cuando todo se volvía demasiado ruidoso. Desde allí, la ciudad parecía ordenada, controlable, como si cada cosa estuviera en su lugar correcto.
Pero él ya sabía la verdad.
El orden era una ilusión frágil.
Sacó su cuaderno y pasó las páginas llenas de fechas tachadas, esquemas incompletos y frases que no recordaba haber escrito conscientemente. Una de ellas estaba subrayada con fuerza:
“Si no elegimos, el tiempo lo hará por nosotros.”
—Y no me gusta cómo decide —murmuró.
Cerró el cuaderno justo cuando una sensación conocida le atravesó el pecho. No fue una visión completa, sino una presencia. Hana. No su imagen, no su voz… su intención.
Era como si ambos estuvieran parados frente a una misma puerta, tocándola desde lados distintos.
Hana, sentada frente a su escritorio, cerró los ojos y respiró hondo. Por primera vez, no intentó resistirse ni analizar lo que sentía. Simplemente dejó que la conexión fluyera.
Y entonces ocurrió algo distinto.
No vio el futuro.
No vio el pasado.
Se vio a sí misma… tomando una decisión que aún no había sucedido.
Abrió los ojos de golpe.
—Si hago esto… —susurró— el tiempo ya no podrá fingir que no intervenimos.
En ese mismo segundo, Tatsuki sintió un dolor breve, punzante, como si una cuerda invisible se tensara demasiado rápido. Se llevó la mano al pecho, pero no cayó. No gritó.
Sonrió.
—Así que también lo sentiste —dijo al aire—. Bien.
El equilibrio se había roto.
No de forma violenta.
No aún.
Pero desde ese momento, cada paso que dieran tendría consecuencias reales. El terremoto ya no era solo un evento distante en una línea temporal lejana.
Era una posibilidad activa.
Y por primera vez, ambos comprendieron algo aterrador y poderoso a la vez:
Salvarlo todo no significaba que ambos pudieran quedarse.
El tiempo no pedía permiso.
Solo exigía un precio.