Ecos del silencio

Cuando el tiempo responde

El mundo no se rompió.

Eso fue lo primero que Hana notó… y lo que más la inquietó.

Esperaba ruido, grietas, visiones violentas. Esperaba que el tiempo reaccionara como un animal herido. Pero no. Todo seguía igual: el sol entrando por la ventana, el reloj marcando la hora exacta, la ciudad moviéndose con su rutina indiferente.

Demasiado normal.

—Eso es lo peligroso… —murmuró.

Porque ahora sabía algo que antes no: cuando el tiempo calla, es porque está observando.

Caminó por la calle con una sensación constante en la nuca, como si cada paso quedara registrado. Personas pasaban a su lado sin saber que ella estaba empujando los límites de algo mucho más grande que todos ellos.

Y entonces ocurrió.

No fue una visión clara.
Fue un eco.

Un sonido lejano, profundo, como si algo inmenso se moviera bajo tierra. Hana se detuvo en seco. El suelo no tembló, pero su cuerpo sí. El recuerdo no era del pasado ni del futuro: era una advertencia.

—No… todavía no —susurró.

Al mismo tiempo, Tatsuki sintió cómo su entorno se distorsionaba por un segundo. Las luces parpadearon. Los sonidos se desfasaron, como si la realidad estuviera mal sincronizada. Se apoyó en la baranda de la azotea, respirando lento.

—Así que este es tu aviso —dijo—. Llegó más rápido de lo que pensaba.

Sacó su celular. Esta vez, la pantalla no estaba negra.

Había una imagen.

No una foto, no un mensaje. Era una calle… una que aún no existía en su tiempo. Reconoció los edificios por los planos antiguos, por los recuerdos prestados que ya no dudaba en aceptar como reales.

Y en medio de la imagen, de pie, estaba Hana.

No miraba a la cámara. Miraba hacia arriba, como si sintiera que él la estaba observando desde otra capa del tiempo.

—Te encontré —murmuró.

Hana, a kilómetros de distancia y años de separación, se llevó la mano al pecho de golpe. El aire se volvió pesado, pero no doloroso. Cerró los ojos y, por primera vez, habló sin saber si él podía oírla.

—No sé cuánto más nos va a permitir esto… pero no voy a retroceder.

El eco volvió a sentirse. Esta vez, más fuerte.

En algún punto invisible entre ambos, algo se activó.

El tiempo había respondido.

No con destrucción.
No con respuestas claras.

Sino con una cuenta regresiva silenciosa que ninguno de los dos podía detener… solo enfrentar.

Y ahora lo sabían con certeza:

La conexión ya no era un accidente.
Era un desafío directo.




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