La cuenta regresiva no tenía números.
Eso era lo peor.
No había un reloj gigante en el cielo ni una fecha marcada en rojo. Solo una sensación constante, como si el mundo estuviera respirando más lento, esperando el momento exacto para dejar de hacerlo.
Hana dejó de tener visiones claras. En su lugar, empezó a notar fallas: sombras que se movían un segundo tarde, reflejos que no copiaban sus gestos, voces lejanas que decían su nombre sin salir de ninguna boca.
—El tiempo está cansado —pensó—. Y cuando algo tan grande se cansa… se quiebra.
Esa noche soñó despierta.
Estaba en una ciudad partida en dos. De un lado, edificios intactos; del otro, ruinas cubiertas de polvo. La línea que las separaba no era recta, sino irregular, como una cicatriz mal cerrada. En el centro había una grieta invisible, pero ella podía sentirla vibrar bajo sus pies.
Y no estaba sola.
—No cruces —dijo una voz.
Hana se giró. Tatsuki estaba ahí, pero no como lo veía siempre. Su imagen temblaba, como si no perteneciera del todo a ese lugar. Aun así, sus ojos eran claros. Decididos.
—Si no cruzo, todo se repite —respondió ella—. Si cruzo… tal vez lo rompamos.
Tatsuki apretó los puños.
—O tal vez nos rompamos nosotros.
El sueño se desvaneció justo cuando Hana dio un paso adelante.
Despertó sobresaltada, con el corazón acelerado y una palabra clavada en la mente:
Grieta.
Mientras tanto, Tatsuki estaba revisando archivos antiguos en una biblioteca casi vacía. Mapas, informes, registros sísmicos. Todo apuntaba a lo mismo: pequeños errores en la línea temporal, ignorados por todos, acumulándose como presión bajo tierra.
—No fue solo un terremoto… —murmuró—. Fue una corrección fallida.
Cerró el libro cuando algo llamó su atención. Un plano dibujado a mano, viejo y amarillento. En una esquina había una anotación:
“Zona inestable. No observable a simple vista.”
Exactamente en el lugar donde Hana había visto la ciudad dividida.
El aire se volvió pesado.
—Así que ahí es donde todo converge… —dijo en voz baja.
En ese instante, ambos sintieron lo mismo.
Un tirón.
Una presión en el pecho.
La certeza de que ya no solo se observaban a través del tiempo…
Ahora estaban siendo observados ellos.
La grieta no era solo un punto en el mapa.
Era una decisión pendiente.
Y el tiempo, por primera vez, estaba dispuesto a dejar que eligieran…
aunque el precio fuera irreversible.