Ecos del silencio

El punto donde el tiempo duda

El lugar no tenía nombre.

No aparecía en mapas, no figuraba en archivos oficiales y nadie hablaba de él como si existiera. Sin embargo, Hana estaba segura de algo: ahí era donde el tiempo se quedaba sin respuestas.

Llegó al sitio al amanecer. Era una zona elevada, casi olvidada por la ciudad, donde la tierra parecía más seca y el aire más quieto. No había señales de peligro, pero su cuerpo entero le gritaba que no diera un paso más.

Aun así, avanzó.

Cada paso se sentía distinto, como si el suelo ofreciera resistencia, no física, sino temporal. Como caminar contra una corriente invisible.

—Así que este es el límite… —susurró.

En el mismo instante, a cuatro años de distancia, Tatsuki sintió que algo se alineaba. Estaba en el mismo lugar, pero no lo sabía hasta que el viento sopló de forma extraña, levantando polvo en espiral, formando un patrón que reconoció de inmediato.

—No puede ser coincidencia —dijo, con el corazón latiendo con fuerza.

Cerró los ojos.

Y por primera vez, no vio un recuerdo ni una visión fragmentada.

La vio a ella.

Hana sintió su presencia como un calor repentino en la espalda. No se giró de inmediato. Tenía miedo de que, si lo hacía, la imagen desapareciera como tantas otras veces.

—Tatsuki… —dijo con la voz temblorosa.

—Estoy aquí —respondió él, y esta vez su voz no sonó lejana—. No como antes.

Ambos abrieron los ojos al mismo tiempo.

No estaban juntos del todo, pero tampoco separados. Era como verse a través de un vidrio delgado, deformado por el tiempo. Podían distinguir gestos, respiraciones, incluso el cansancio acumulado en los ojos del otro.

—El tiempo está fallando —dijo Hana—. Ya no solo nos muestra recuerdos. Nos está acercando.

—Porque no puede sostener dos versiones más —contestó Tatsuki—. Está buscando una sola.

El suelo vibró levemente. No fue un terremoto, sino algo más profundo, más antiguo. La grieta invisible empezó a manifestarse: el aire onduló, el sonido se distorsionó y el cielo pareció perder color por un segundo.

—Si cruzamos… —empezó Hana.

—Una línea desaparece —terminó Tatsuki—. Y con ella, todo lo que pudo haber sido.

Se quedaron en silencio, mirándose como si ese momento fuera a quedar grabado para siempre.

Porque lo estaría.

—No sé qué voy a perder —dijo ella.

—Pero sí sabes por qué lo harías —respondió él.

La grieta se abrió un poco más.

Y el tiempo, por primera vez, dudó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.