Ecos del silencio

Lo que el tiempo no puede borrar

El mundo no se rompió.

Eso fue lo primero que Hana notó.

No hubo explosión, ni luz cegadora, ni un colapso del cielo como ella había imaginado tantas veces. En lugar de eso, el silencio cayó con un peso aplastante, como si el universo hubiera contenido la respiración.

La grieta seguía ahí, vibrando suavemente, como una herida que se negaba a cerrarse… o a abrirse por completo.

—¿Lo sientes? —preguntó Tatsuki.

Hana asintió. No podía apartar la mirada de él.

—Es como si el tiempo estuviera esperando que tomemos una decisión —respondió—. Como si ya no quisiera decidir por nosotros.

Por primera vez desde que todo empezó, no había visiones, no había recuerdos intrusivos, no había imágenes del futuro ni ecos del pasado. Solo ese instante suspendido, frágil, real.

Hana dio un paso adelante.

No cruzó la grieta, pero el espacio entre ambos se redujo. El aire se volvió más cálido, más denso, y Tatsuki pudo ver con claridad detalles que antes se perdían: la forma en que ella fruncía ligeramente el ceño cuando pensaba demasiado, la pequeña cicatriz en su mano izquierda.

—He visto tantas versiones de este momento… —dijo él—. En ninguna sabía qué decir.

—Entonces no digas nada —respondió ella con una leve sonrisa—. Quédate.

El suelo volvió a temblar, esta vez con más fuerza. A lo lejos, el eco de la ciudad parecía distorsionarse, como si los edificios existieran en dos estados al mismo tiempo.

—Si seguimos forzando esto —dijo Tatsuki—, algo va a desaparecer. Un recuerdo, una vida… una versión de nosotros.

Hana cerró los ojos.

Recordó todo lo que había visto del futuro: la ciudad reconstruida, los nombres borrados de los registros, las personas que nunca supieron qué ocurrió realmente. Recordó también lo que no había visto… a él.

—No quiero que seas solo un recuerdo —dijo con voz firme—. Ni una posibilidad.

Tatsuki dio un paso al frente.

La grieta reaccionó de inmediato, expandiéndose unos centímetros más. El aire crujió, como si el tiempo protestara.

—Entonces tal vez… —dijo él— tengamos que dejar de pelear contra el tiempo y empezar a escribir algo que no pueda borrar.

Hana abrió los ojos.

Por un segundo, juró que sus manos casi se tocaban.

No era una unión completa. Todavía no.

Pero ya no era una ilusión.

El tiempo volvió a vibrar, inestable, como si comprendiera algo que había ignorado desde el principio:

no todo está destinado a repetirse.

Y algunas conexiones…
simplemente no aceptan desaparecer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.