La grieta no creció más.
Eso, en sí mismo, ya era extraño.
Hana fue la primera en notarlo. El temblor se había detenido, como si el mundo hubiera aceptado —a regañadientes— que ninguno de los dos iba a retroceder.
—Se calmó… —murmuró.
Tatsuki miró alrededor. La ciudad seguía allí, pero algo había cambiado. Los colores parecían más firmes, menos borrosos, como si la realidad hubiera recuperado definición. Las sombras ya no se superponían con otras versiones del mismo lugar.
—Tal vez el tiempo entendió que no puede empujarnos más —dijo—. O tal vez se cansó de intentarlo.
Hana soltó una risa breve, nerviosa.
—O tal vez siempre esperó que alguien se quedara.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Cargado de todo lo que no se habían dicho desde que sus recuerdos comenzaron a cruzarse.
—Si esto termina —dijo Tatsuki—, no va a ser como antes. No vamos a volver a ignorar lo que sabemos.
—Nunca quise volver a eso —respondió Hana—. A no saber. A vivir con huecos.
El suelo crujió bajo sus pies. No como un terremoto, sino como una estructura vieja acomodándose a un nuevo peso. Hana sintió una presión en el pecho, no de dolor, sino de conciencia.
Algo estaba cambiando en ellos.
De pronto, imágenes cruzaron su mente. No eran visiones desordenadas como antes. Eran claras.
Tatsuki, caminando por una calle reconstruida.
Ella, sentada en un lugar que todavía no existía.
No eran recuerdos del futuro… eran posibilidades.
—Ya no nos muestra finales —dijo Hana—. Solo caminos.
Tatsuki asintió lentamente.
—Y eso da más miedo.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ahora, si algo sale mal… no podremos decir que estaba escrito.
La grieta emitió un sonido bajo, profundo, como un latido.
No se cerró.
No se abrió más.
Se estabilizó.
Hana dio un paso atrás, no por miedo, sino por intuición.
—Creo que esto es lo máximo que el tiempo nos va a permitir —dijo—. Seguir conectados… sin romperlo todo.
Tatsuki apretó los puños.
—Entonces tendremos que aprender a vivir con eso.
El viento volvió a moverse. La ciudad respiró otra vez.
Y aunque el peligro no había desaparecido, ambos entendieron algo esencial:
permanecer también tiene un costo.
Pero huir… ya no era una opción.