La noche volvió a caer, pero no fue igual a las anteriores.
No hubo visiones repentinas ni sobresaltos. Solo una calma extraña, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. Hana caminaba despacio por el borde del parque, observando las luces encenderse una a una. Cada farola parecía marcar un punto fijo en el tiempo, algo que no se movía aunque todo lo demás sí lo hiciera.
—Antes odiaba esta hora —pensó—. Todo se sentía más incierto.
Ahora no.
En el otro extremo de la ciudad, Tatsuki estaba sentado en el techo de su edificio, con las piernas colgando al vacío. Desde allí, la ciudad se veía pequeña, casi frágil. Recordó cuántas veces había imaginado huir, desaparecer, dejar que el tiempo siguiera sin él.
Y sin embargo, seguía allí.
Cerró los ojos.
No buscó a Hana. No forzó la conexión.
Pero la sintió.
No como una imagen ni como una voz, sino como una presencia firme, constante. Como si, aunque estuvieran separados por años y decisiones, compartieran el mismo punto de apoyo.
—No estamos luchando contra el tiempo —murmuró—. Estamos aprendiendo a vivir dentro de él.
Hana se detuvo en seco. El aire cambió. No se rompió nada, no tembló el suelo, pero algo encajó. Como una pieza que por fin encontró su lugar.
Las visiones regresaron… pero distintas.
No mostraban tragedias ni advertencias. Mostraban momentos simples: Una calle reconstruida.
Una conversación que aún no había ocurrido.
Una risa que no dolía.
—Esto es nuevo… —susurró.
En su pecho no había presión. Había claridad.
Ambos entendieron lo mismo al mismo tiempo, aunque no lo dijeron en voz alta:
El tiempo ya no los estaba empujando hacia un final.
Los estaba observando elegir.
Tatsuki se puso de pie y respiró hondo.
—Si esto termina —dijo al vacío—, quiero que termine porque seguimos adelante… no porque tuvimos miedo.
Hana levantó la mirada al cielo nocturno.
—Entonces no lo desperdiciemos.
Por primera vez desde que todo comenzó, no sintieron urgencia.
No sintieron que debían correr.
Porque algunas cosas, incluso en mundos rotos y líneas cruzadas,
no estaban escritas para romperse.