La calma no duró.
Nunca lo hacía.
Hana lo sintió primero: un tirón leve, casi imperceptible, como cuando un hilo se tensa demasiado sin llegar a romperse. Se detuvo en medio de la acera, rodeada de gente que no notaba nada. Nadie más parecía sentirlo.
—No… —susurró—. No ahora.
La conexión seguía ahí, pero algo había cambiado. No era ausencia. Era distancia.
En su tiempo, las luces de la ciudad parpadearon por un segundo. Un fallo mínimo, cotidiano. Pero Hana supo que no era casualidad. Desde que el tiempo había dejado de gritarles, había empezado a hablar en señales pequeñas.
Muy lejos de allí —y muy lejos en años—, Tatsuki apretó la mandíbula.
Estaba en clase cuando ocurrió. El ruido habitual, las voces, el profesor escribiendo en el tablero… y de repente, un vacío. No en la cabeza. En el pecho.
Como si alguien hubiera dado un paso atrás.
—Hana… —pensó sin darse cuenta.
No hubo respuesta inmediata.
Eso fue lo que lo inquietó.
Hasta ahora, la conexión había sido constante. A veces suave, a veces intensa, pero siempre presente. Aquello era diferente. No se sentía como una pérdida, sino como una advertencia.
Cuando el timbre sonó, Tatsuki salió sin hablar con nadie. Caminó rápido, ignorando las miradas, hasta llegar a un lugar que reconocía demasiado bien: la calle donde todo comenzaría a romperse años después.
Se detuvo.
—Si este es el precio… —murmuró— ¿cuánto más va a pedirnos?
Hana, al mismo tiempo, estaba sentada en su habitación, con la libreta abierta frente a ella. Las páginas estaban llenas de fechas, símbolos y notas que ya no parecían suficientes.
Escribió una sola frase:
“Estar conectados no significa estar cerca.”
La mano le tembló.
Por primera vez desde que entendió la verdad, sintió miedo no por el futuro… sino por el presente compartido.
La conexión no se rompía.
Pero estaba siendo puesta a prueba.
Y ambos lo supieron, sin necesidad de palabras:
El tiempo no quería separarlos aún.
Quería ver hasta dónde estaban dispuestos a sostenerse, incluso cuando dolía.