La distancia no se volvió más grande.
Se volvió más clara.
Hana pasó la mañana intentando convencerse de que nada había cambiado de verdad. Preparó café, abrió la ventana, dejó que el ruido de la ciudad llenara el silencio. Todo seguía igual… excepto ella.
La conexión estaba ahí, pero ya no era un refugio automático. Ahora requería atención. Presencia. Voluntad.
—Así que esto es —pensó—. No basta con sentir.
Cerró los ojos y se concentró. No buscó imágenes, ni recuerdos, ni advertencias. Buscó algo más simple: el ritmo que había aprendido a reconocer. Ese pulso leve que no pertenecía a su tiempo.
Al otro lado, Tatsuki estaba en movimiento. Caminaba sin rumbo fijo, con los audífonos apagados, dejando que la ciudad lo golpeara con sonidos reales. Pasos, motores, voces. Necesitaba sentir que existía aquí, ahora.
Pero el vacío seguía.
Se detuvo en un cruce y apoyó la espalda contra una pared fría.
—No te estoy soltando —dijo en voz baja—. Solo… estoy aprendiendo a sostenerte distinto.
En ese instante, Hana sintió algo nuevo. No fue una visión. No fue una emoción prestada. Fue una decisión.
El tirón en el pecho se aflojó apenas un poco.
—Ahí estás —susurró ella.
No fue un reencuentro completo. No hubo alivio total. Pero fue suficiente para confirmar algo importante: la conexión no se debilitaba por la distancia… se fortalecía con la intención.
Tatsuki respiró hondo. El vacío ya no dolía igual. Ahora tenía forma. Y todo lo que tiene forma puede enfrentarse.
—Entonces esto es lo que el tiempo quiere ver —pensó—. Si elegimos incluso cuando no es fácil.
Hana escribió una nueva línea en su libreta, sin temblar esta vez:
“No siempre se trata de verse. A veces, basta con quedarse.”
La ciudad siguió su curso.
El tiempo no intervino.
No hubo señales ni grietas.
Solo dos personas, en líneas distintas, sosteniendo algo que ya no dependía del caos.
Y eso, ambos lo supieron, era el verdadero comienzo de la prueba.