Ecos del silencio

La que permanece

El silencio no era vacío.
Era denso, como si el mundo contuviera la respiración.

Hana se detuvo en medio del sendero. El lugar no tenía nombre, pero lo reconocía. Siempre era así: los sitios importantes no se anunciaban, simplemente existían. El aire vibraba levemente, como si el tiempo dudara entre avanzar o quedarse quieto.

—Aquí… —murmuró— siempre termino volviendo.

No sabía cuánto había caminado. En ese espacio, medir las cosas normales era inútil. No había sol ni luna, solo una luz suave que parecía surgir de todas partes. El suelo reflejaba sombras que no siempre coincidían con sus movimientos.

Entonces lo sintió.

No una voz.
No una imagen.
Una presencia.

Su corazón reaccionó antes que su mente.

—Tatsuki… —dijo, sin saber por qué.

El nombre salió solo, como si siempre hubiera estado esperando ese momento.

Frente a ella, el aire se deformó, como agua tocada por una gota invisible. La figura comenzó a definirse lentamente, sin brusquedad, sin espectáculo. No era una aparición perfecta, pero tampoco una ilusión.

Era él.

No exactamente como lo recordaba. Había algo distinto en su mirada, una mezcla de cansancio y claridad, como quien ha comprendido demasiado tarde ciertas verdades… pero aun así decide seguir.

—Pensé que esta vez no llegarías —dijo Tatsuki con una voz baja, serena.

Hana tragó saliva.

—Yo pensé que eras solo un eco.

Él sonrió apenas.

—Tal vez lo soy. Pero incluso los ecos dicen algo importante.

Se quedaron mirándose. No hubo abrazo, ni lágrimas inmediatas. No hacía falta. Lo que los unía ya había sobrevivido a distancias peores que la física.

—Cada vez es más difícil —admitió Hana—. Recordarte. Recordarme.

Tatsuki asintió.

—El tiempo está cerrándose. Ya no se conforma con doblarse… quiere decidir.

Eso la heló.

—¿Decidir qué?

Él dio un paso al frente. Esta vez, su sombra coincidió con su cuerpo.

—Qué debe permanecer… y qué debe desaparecer.

Hana sintió el peso de esas palabras caerle encima. No como amenaza, sino como verdad inevitable.

—Entonces dime —dijo con firmeza—. Si el tiempo borra todo… ¿qué queda?

Tatsuki la miró directamente a los ojos.

—Lo que elegimos, aun sabiendo el costo.

Por primera vez, Hana entendió que el final no sería una sorpresa.
Sería una decisión.

Y eso lo cambiaba todo.




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