El lugar comenzó a cambiar sin previo aviso.
No fue un temblor ni un colapso. Fue algo más inquietante: una reorganización. El suelo se volvió translúcido por momentos, dejando ver capas de recuerdos superpuestos, escenas que Hana reconocía… y otras que no.
—Esto no estaba así antes —dijo ella, girando lentamente.
—Porque antes solo observabas —respondió Tatsuki—. Ahora estás influyendo.
Hana frunció el ceño.
—¿Influyendo cómo?
Tatsuki no respondió de inmediato. Se inclinó y tocó el suelo con la punta de los dedos. Al hacerlo, una imagen se encendió bajo sus pies: Hana, más joven, riendo en un lugar que no recordaba haber visitado… pero que sentía real.
—Cada decisión que tomas ahora —explicó— está reescribiendo pequeñas grietas del tiempo. No lo suficiente para romperlo… pero sí para inclinarlo.
Hana retrocedió un paso.
—Eso significa que…
—Que no hay marcha atrás —completó él con calma—. No después de esto.
El aire se volvió más pesado. Hana sintió un leve mareo, como si su cuerpo estuviera luchando por mantenerse anclado a una sola línea temporal.
—Siempre pensé que el problema era perderte —confesó—. Pero esto… esto es peor. Porque ahora puedo elegir… y aún así perder algo.
Tatsuki la observó con atención, como si estuviera memorizando cada gesto.
—Eso es crecer —dijo—. Entender que no existen elecciones limpias.
Caminó unos pasos y el escenario volvió a transformarse. Esta vez aparecieron dos senderos, sutiles, casi invisibles, pero claramente distintos. No había letreros ni símbolos, solo una sensación distinta en cada dirección.
Hana lo supo al instante.
—Dos posibilidades.
—Dos futuros dominantes —asintió Tatsuki—. Los demás se desvanecen.
Hana miró primero el sendero de la izquierda. Sintió estabilidad, continuidad, una vida que seguía su curso. Dolía… pero era un dolor soportable, conocido.
Luego miró el de la derecha. Era diferente. Intenso. Incierto. Había algo ahí que la llamaba con fuerza, pero también algo que exigía un precio alto.
—¿Cuál es cuál? —preguntó.
Tatsuki negó con la cabeza.
—No puedo decirte. Si lo hiciera, dejaría de ser una elección.
Hana apretó los puños.
—Entonces esto es todo. El punto sin retorno.
—Sí.
El silencio volvió a caer entre ellos. Pero esta vez no fue incómodo. Fue honesto.
—Tatsuki… —dijo ella al fin—. Si elijo mal… ¿desapareces?
Él respiró hondo antes de responder.
—Si eliges… cambiar el curso… es posible que yo no exista como me conoces.
Eso fue como una punzada directa.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué pasará contigo si eliges conservarlo todo?
Hana cerró los ojos.
Lo supo sin necesidad de palabras.
—Seguiré… —dijo lentamente—. Pero siempre sentiré que algo falta. Como una página arrancada de un libro que nunca olvidaré.
Tatsuki sonrió con tristeza.
—Entonces ya entiendes el dilema.
Ella abrió los ojos y lo miró de frente.
—Dime algo —exigió—. No como guía del tiempo. Como tú.
Él la miró sorprendido… y luego asintió.
—Si fueras tú quien quedara atrapada en el olvido… —preguntó Hana— ¿qué querrías que yo hiciera?
Tatsuki guardó silencio. Por primera vez desde que apareció, parecía verdaderamente vulnerable.
—Querría —dijo finalmente— que eligieras vivir sin arrepentirte. Aunque eso significara perderme.
El corazón de Hana latió con fuerza.
—Eso no es justo.
—Nunca lo es.
El entorno empezó a reaccionar. Los senderos brillaron tenuemente, como si el tiempo estuviera perdiendo la paciencia.
—No queda mucho —advirtió Tatsuki—. Cuando elijas, este lugar desaparecerá.
Hana dio un paso adelante… y luego se detuvo.
—¿Puedo hacerte una última pregunta?
—Claro.
—¿Todo lo que vivimos… fue real?
Tatsuki no dudó.
—Más real que cualquier línea temporal estable.
Eso fue suficiente.
Hana respiró hondo y avanzó.
No hacia el sendero que parecía más seguro.
Ni hacia el que prometía respuestas claras.
Avanzó hacia el que sentía correcto, aunque no pudiera explicarlo.
El mundo reaccionó de inmediato.
La luz se intensificó. Las capas del tiempo comenzaron a plegarse unas sobre otras. Hana sintió que algo dentro de ella se fijaba… mientras otra cosa se despedía.
—Hana —dijo Tatsuki, su voz ya distante—. Pase lo que pase… gracias por elegir.
Ella quiso responder, pero el sonido ya no viajaba igual.
Lo último que vio fue su silueta sonriendo, sin tristeza.
Y luego…
todo convergió.