Hana despertó con una sensación extraña en el pecho.
No era dolor. Tampoco alivio.
Era… ausencia.
Abrió los ojos lentamente. Su habitación estaba ahí: la pared blanca, la ventana entreabierta, el sonido lejano de la ciudad comenzando el día. Todo parecía normal. Demasiado normal.
Se incorporó en la cama y pasó una mano por su rostro.
—Qué… raro —murmuró.
Durante unos segundos no supo por qué su corazón latía más rápido de lo habitual. Como si hubiera corrido… o llorado… o perdido algo importante durante la noche.
Miró la mesita. La libreta seguía ahí.
Eso la tranquilizó un poco.
La tomó y la abrió casi por reflejo. Las páginas estaban llenas de anotaciones, fechas, esquemas, dibujos incompletos. Registros de anomalías temporales, de recuerdos que no encajaban.
Pero algo estaba mal.
Varias páginas estaban en blanco.
—No… —susurró.
Pasó las hojas con rapidez. Donde antes recordaba haber escrito nombres, conexiones, descripciones detalladas… ahora solo quedaban espacios vacíos. Como si alguien hubiera arrancado las ideas, no el papel.
Sintió un nudo en la garganta.
—Había algo aquí… —dijo en voz baja—. Alguien…
La palabra no llegó a formarse.
Se levantó de la cama y fue hasta la ventana. La calle estaba intacta. Los edificios firmes. Ninguna superposición, ninguna distorsión. El tiempo fluía recto, obediente.
Demasiado obediente.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Tatsuki caminaba hacia el colegio.
O al menos… eso creía.
Se detuvo en seco al ver la reja.
—¿Qué…? —murmuró.
El edificio era el mismo, pero no lo sentía igual. Como si hubiera llegado a un lugar que conocía de memoria… pero sin recordar por qué era importante.
Entró. Saludó a personas que le resultaban familiares, aunque no podía precisar desde cuándo. Todo encajaba, pero sin profundidad, como una fotografía bien tomada pero sin historia detrás.
Se sentó en su puesto y apoyó la cabeza en la mano.
Un vacío le atravesó el pecho de repente.
—Qué fastidio… —pensó—. ¿Por qué me siento así?
No era tristeza.
Era nostalgia sin recuerdo.
En la pizarra, el profesor explicaba algo sobre fechas históricas. Tatsuki dejó de escuchar cuando un nombre apareció escrito con tiza.
Hana.
Su respiración se cortó un segundo.
—¿Por qué…? —susurró.
El nombre no estaba ligado a nadie que conociera. No en esta línea. No en este mundo estable.
Y aun así… su mano tembló.
De vuelta en su apartamento, Hana estaba sentada en el suelo, rodeada de papeles.
Había intentado reconstruir lo que faltaba. Líneas, flechas, hipótesis. Pero cada vez que se acercaba a algo concreto, su mente se desviaba.
Como si el recuerdo estuviera justo fuera de alcance.
—No estoy loca —dijo con firmeza—. Esto no es imaginación.
Se llevó la mano al pecho.
Allí, justo ahí, sentía una presión constante. No dolorosa. Persistente.
Como si algo insistiera en no desaparecer del todo.
Esa noche, Hana soñó.
No vio rostros claros.
No oyó voces.
Solo caminaba por una calle desconocida, bajo un cielo que parecía a punto de romperse. Al final del camino, alguien estaba de espaldas. No podía verlo bien… pero sabía que si daba un paso más, algo cambiaría.
Se despertó sobresaltada.
—No… —susurró—. Todavía no.
Al mismo tiempo, Tatsuki se despertó sudando, con una palabra en la boca que no logró pronunciar.
Se sentó en la cama y respiró hondo.
—Tengo que… —dijo—. Tengo que hacer algo.
No sabía qué.
No sabía por qué.
Pero el mundo, aunque continuaba, ya no estaba completo.
Y en algún punto invisible del tiempo, la elección de Hana seguía resonando, silenciosa, preparando el siguiente quiebre.
Porque algunas decisiones no destruyen el mundo.
Solo lo dejan incompleto.