El silencio fue lo primero que cambió.
No fue un estruendo ni una señal clara, sino esa sensación extraña de que el mundo había dejado de respirar por un segundo. Hana lo sintió en el pecho, como si el aire se volviera más denso, más pesado. Se detuvo en medio de la habitación, con la mano aún suspendida en el aire, y supo que algo estaba mal.
—Ya empezó… —susurró.
No el terremoto.
El antes.
En el otro extremo del tiempo, Tatsuki sintió lo mismo. Estaba en la calle, rodeado de gente que caminaba sin notar nada extraño, pero para él el suelo vibró apenas, como un aviso. No fue suficiente para que los demás reaccionaran, pero sí para que su memoria se llenara de imágenes que no eran suyas.
Calles rotas.
Sirenas.
Gritos ahogados por el polvo.
Y el nombre de Hana, atravesándolo todo.
—No puede ser hoy… —murmuró, llevándose la mano a la sien.
Las visiones se superpusieron con la realidad. Durante un instante, vio el mismo lugar en dos estados distintos: intacto… y destruido. Personas caminando tranquilas mientras, sobre ellas, sombras del futuro caían como fantasmas.
Hana, mientras tanto, cayó de rodillas.
Las imágenes ya no eran fragmentos. Eran secuencias completas. Vio edificios desplomarse, relojes detenerse, y comprendió algo que la hizo temblar: el evento no era un punto fijo.
Era una onda.
—Si no hacemos nada… —pensó— no solo pasa una vez.
El tiempo estaba fallando porque alguien, en algún punto, había alterado demasiado las conexiones. Y ahora intentaba corregirse a la fuerza.
Ambos levantaron la mirada al mismo tiempo, aunque separados por años.
Y por primera vez, no fue una visión.
Fue una certeza compartida.
Tenían que encontrarse.
No para cambiar el pasado.
Sino para sostener el futuro.
El reloj marcó una hora distinta en ambos mundos.
Y el suelo volvió a temblar.