El temblor no se detuvo.
No era fuerte, no hacía caer cosas, pero estaba ahí, constante, como el pulso de un corazón gigante latiendo bajo la ciudad. Hana se apoyó contra la pared para no perder el equilibrio. Cada vibración traía recuerdos que no le pertenecían del todo.
Vio a Tatsuki correr.
No lo vio como una visión borrosa, sino con claridad: su respiración agitada, la forma en que esquivaba a la gente, el miedo mezclado con determinación en su mirada.
—Te estoy viendo… —susurró ella, con lágrimas acumulándosele en los ojos.
En su tiempo, Tatsuki se detuvo en seco.
La sensación fue tan fuerte que casi cayó. No era un recuerdo, no era imaginación. Era presencia. Como si alguien lo estuviera mirando desde muy cerca, desde un lugar imposible.
—Hana… —dijo sin pensarlo.
El nombre salió solo.
La gente a su alrededor seguía con su vida, ajena a que el tiempo estaba empezando a doblarse. Los relojes de una tienda cercana parpadearon. Uno marcó una hora distinta a los otros.
Tatsuki levantó la vista.
El aire frente a él se onduló, como si la realidad estuviera hecha de agua. Por un segundo creyó ver una silueta al otro lado: una chica de cabello oscuro, con expresión asustada… pero firme.
—No puede ser… —susurró.
Hana sintió un tirón en el pecho, como si algo la llamara hacia adelante. Dio un paso sin pensar y el mundo a su alrededor se volvió extraño. Los colores se apagaron. Los sonidos llegaron con retraso.
Estaba caminando hacia él.
No físicamente.
Temporalmente.
Ambos extendieron la mano al mismo tiempo, separados por años, por errores, por decisiones que aún no ocurrían.
Y cuando sus dedos estuvieron a punto de tocarse, el temblor se detuvo de golpe.
Silencio absoluto.
El mundo no se rompió.
Pero quedó suspendido.
Como si el tiempo mismo estuviera conteniendo la respiración, esperando ver qué harían ellos después.