Ecos del silencio

La que el tiempo no dice

El silencio duró demasiado.

No fue un silencio normal. No era ausencia de sonido, era como si el mundo hubiera sido puesto en pausa, como una fotografía mal tomada que se quedó colgada en el aire.

Hana fue la primera en reaccionar.

Retiró la mano con un sobresalto y cayó de rodillas. El suelo estaba frío. Demasiado real. El temblor había cesado, pero su corazón seguía golpeándole el pecho con fuerza.

—Eso… eso fue real —murmuró, respirando entrecortado.

No había duda. No había forma de negarlo más. Tatsuki no era una idea, ni una visión creada por su deseo de cambiar el pasado. Él existía. Y acababan de estar peligrosamente cerca.

En su tiempo, Tatsuki seguía de pie en medio de la calle.

La gente volvió a moverse poco a poco, como si nada hubiera pasado. Los relojes retomaron su ritmo normal. El aire dejó de ondularse.

Pero él no podía.

Sentía los dedos todavía extendidos, temblándole la mano como si hubiera tocado algo imposible.

—No estoy perdiendo la cabeza… —dijo en voz baja—. Ya no.

Caminó hasta una banca cercana y se sentó, llevándose las manos al rostro. Cerró los ojos con fuerza y, por primera vez, no tuvo miedo de lo que vio.

Hana.

No como una silueta borrosa, no como un recuerdo prestado. La vio tal como era: asustada, decidida, con esa mezcla extraña de fragilidad y fuerza que lo hacía sentir… acompañado.

—¿Quién eres? —susurró—. ¿Y por qué siento que te conozco desde siempre?

Hana se levantó lentamente en su habitación. La libreta estaba abierta sobre el escritorio, las páginas agitándose solas, como si algo invisible las hojeara. Se acercó con cautela.

Una nueva frase estaba escrita.

No la había escrito ella.

“No nos queda mucho tiempo.”

El aire se le heló.

—¿Tiempo para qué? —preguntó al vacío.

En respuesta, una oleada de recuerdos la golpeó de golpe: edificios colapsando, sirenas, polvo cubriéndolo todo… y una figura buscando desesperadamente entre los escombros.

Tatsuki.

No lloraba. No gritaba. Solo buscaba.

Hana se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo.

—Esto no es solo para entender el pasado… —dijo con voz rota—. Es para cambiar algo.

En el otro punto de la línea temporal, Tatsuki sintió una opresión en el pecho. No era dolor físico, era una certeza incómoda, pesada.

Algo iba a pasar.

Algo grande.

Y ella lo sabía antes que nadie.

Se levantó de la banca con una decisión nueva ardiéndole en la sangre.

—Si el tiempo nos está empujando el uno hacia el otro —dijo—, entonces voy a dejar de correr.

Ambos, sin saberlo, tomaron la misma decisión en ese instante:

No iban a ignorar más las señales.
No iban a fingir normalidad.

Porque cuando el tiempo empieza a hablar…
es porque ya se acerca el punto de quiebre.




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