Esa noche, ninguno de los dos durmió.
Hana permaneció sentada frente a la ventana, observando la ciudad iluminada como si pudiera memorizarla. Cada edificio en pie era un recordatorio de lo que, según sus recuerdos, no debía existir.
—Si esto cambia… —susurró—, entonces todo cambia conmigo.
Abrió la libreta otra vez. Las páginas ya no temblaban, pero la tinta parecía más oscura, más densa. Escribió con decisión:
“Si puedes leer esto, necesito que confíes en mí.”
La frase desapareció lentamente, absorbida por el papel, como si nunca hubiera estado ahí.
En el pasado, Tatsuki se detuvo en seco al sentir una presión familiar en la cabeza. No era dolor. Era… información.
Una imagen apareció frente a sus ojos: la misma libreta. La misma frase.
Tragó saliva.
—Así que ahora escribes… —murmuró—. Bien. Entonces escúchame tú también.
Sacó su celular y abrió las notas. No sabía por qué lo hacía, pero sus dedos se movieron solos.
“Estoy aquí. Dime qué tengo que hacer.”
El mensaje se guardó sin conexión. Sin señal. Sin destinatario.
Aun así, Tatsuki supo que había sido enviado.
El viento se levantó de repente, moviendo los árboles, trayendo consigo un murmullo grave, profundo, como si la tierra respirara con dificultad.
Ambos lo sintieron al mismo tiempo.
Hana se llevó la mano al pecho.
—Ya empezó…
Tatsuki apretó los dientes.
—No es un recuerdo… es una cuenta regresiva.
En ese instante, las visiones cambiaron.
Ya no eran fragmentos sueltos. Ahora tenían orden. Causa y consecuencia. Decisiones que llevaban a un solo punto.
El día del terremoto no era inevitable.
Pero tampoco era fácil de evitar.
—El tiempo no quiere ayudarnos —pensó Hana—. Quiere ver qué elegimos.
Y en algún lugar entre el pasado y el futuro, entre lo que fue y lo que aún no debía ser, una grieta invisible comenzó a abrirse.
No en la tierra.
Sino en el destino.