La grieta no se veía, pero se sentía.
Hana cayó de rodillas sin entender por qué. El suelo no se movía, los edificios seguían firmes, pero algo en el aire estaba mal, como si el mundo hubiese tomado una decisión sin consultarle.
—Esto no estaba así… —susurró, con la respiración agitada.
Las visiones volvieron, pero esta vez no llegaron como recuerdos: llegaron como advertencias. Vio calles conocidas partidas en dos, alarmas sonando demasiado tarde, personas corriendo sin saber hacia dónde. Y, entre todo ese caos, una sola constante: ella no debía estar ahí.
—Si sigo avanzando… desaparezco —pensó.
En el pasado, Tatsuki sintió el impacto como un golpe seco en el pecho. Se sostuvo de una baranda mientras el mundo parecía desenfocarse por un segundo. No hubo temblor, pero su cuerpo reaccionó como si lo hubiera.
—No… —murmuró—. Esto ya no es solo información.
Las imágenes que ahora veía no eran futuras ni pasadas. Eran posibilidades. Caminos que se abrían y se cerraban dependiendo de una sola acción.
Y esa acción era suya.
—Si hago nada, todo pasa —pensó—. Si actúo… alguien paga el precio.
Su celular vibró otra vez. Pantalla negra. Pero esta vez, una frase apareció lentamente, letra por letra:
“NO PODEMOS SALVARNOS LOS DOS”
Tatsuki cerró los ojos con fuerza.
—Eso no lo decides tú —dijo en voz baja.
Al mismo tiempo, Hana escribió sin darse cuenta, con la mano temblando:
“Entonces cambiemos las reglas.”
La tinta se esparció sola, formando símbolos que ella nunca había aprendido… pero entendía.
El vínculo entre ellos se tensó, como una cuerda a punto de romperse. El tiempo ya no observaba. El tiempo esperaba.
Y cuando esperas demasiado, algo se pierde para siempre.