El mundo no se rompió.
Eso fue lo primero que notó Hana.
No hubo explosiones de luz, ni cielos partidos, ni un final épico como en las historias que había leído. El tiempo no gritó. No castigó. Simplemente… continuó.
Y eso fue lo más aterrador.
Hana despertó en su habitación, con el sol entrando por la ventana como cualquier otro día. El reloj marcaba una hora normal. El aire era el mismo. Todo parecía intacto.
Excepto ella.
Se sentó despacio, llevándose la mano al pecho. El vínculo seguía ahí, pero ya no era una cuerda tensa a punto de romperse. Era algo más profundo. Más silencioso.
—Así que esto es vivir después de elegir… —murmuró.
El cuaderno estaba sobre el escritorio. Cerrado.
No vibraba. No mostraba recuerdos ajenos. No sangraba tiempo.
Era solo un cuaderno.
En el pasado, Tatsuki abrió los ojos con una sensación parecida. No sabía explicar qué había cambiado, pero el mundo se sentía… más pesado. Como si una decisión enorme se hubiera tomado sin pedirle permiso, y aun así él la aceptara.
Caminó por la ciudad rumbo a clases, observando detalles que antes no le importaban: una grieta nueva en el pavimento, un edificio reparado que antes estaba destruido en las visiones, una calle que no coincidía con los recuerdos que creía suyos.
—Esto no es exactamente como lo recuerdo… —pensó.
El terremoto seguía siendo un evento futuro.
Pero ahora… no estaba claro qué tan futuro.
Hana, desde su tiempo, revisaba archivos. Fechas. Registros sísmicos. Todo indicaba lo mismo: el desastre seguía marcado. El punto de quiebre no había desaparecido.
—Entonces mi elección no lo borró… —susurró—. Solo lo cambió.
Una sensación fría le recorrió la espalda.
Si el evento seguía existiendo, entonces la pregunta ya no era si ocurriría, sino qué papel jugarían ellos cuando llegara.
Esa noche, ambos soñaron lo mismo.
Una ciudad temblando.
Gente corriendo.
Y dos figuras de pie en medio del caos, mirándose como si supieran que el tiempo ya no podía separarlas… pero sí ponerlas a prueba.
Tatsuki despertó sudando.
—No fue un sueño… —dijo con certeza.
Hana abrió los ojos al mismo tiempo, con una sola frase formándose en su mente:
Elegir existir no significa escapar de las consecuencias.
Significa enfrentarlas.