El primer aviso no fue un movimiento.
Fue un sonido.
Un crujido profundo, lejano, como si algo enorme se estuviera acomodando bajo la tierra. Tatsuki se detuvo en seco en medio de la calle. Nadie más reaccionó. Los autos siguieron pasando. Las conversaciones continuaron.
Pero él lo sintió.
—No… todavía no —murmuró.
Su mano temblaba ligeramente. No por miedo, sino por reconocimiento. Esa sensación ya la había vivido en fragmentos, en visiones incompletas que nunca entendió del todo.
En otro punto del tiempo, Hana dejó caer el vaso que tenía en la mano. El vidrio se rompió contra el suelo, pero ella ni siquiera lo miró. Estaba de pie, inmóvil, con los ojos fijos en la pared.
El reloj había avanzado un segundo…
y luego retrocedido.
—Eso no es normal —susurró.
Abrió el cuaderno por instinto. Las páginas ya no mostraban escenas claras. Eran distorsiones: calles doblándose, fechas superpuestas, nombres que aparecían y desaparecían como si el tiempo dudara en escribirlos.
Entre todo ese caos, una frase se repetía:
“El punto de contacto se acerca.”
Hana tragó saliva.
—Tatsuki… —dijo en voz baja, aunque sabía que no podía oírla—. El tiempo está perdiendo estabilidad.
En el pasado, Tatsuki sintió un golpe seco en la cabeza, como un recuerdo que no era suyo intentando entrar a la fuerza. Vio una imagen rápida: Hana de pie frente a una grieta luminosa, extendiendo la mano.
Cerró los ojos con fuerza.
—Ya basta… dime qué quieres de mí —susurró.
El aire vibró.
No fue una voz, pero tampoco fue silencio.
“Prepárate.”
Esa noche, las noticias hablaron de pequeños sismos en zonas cercanas. Nada grave. Nada alarmante. Solo “movimientos normales”.
Pero Hana sabía la verdad.
No eran sismos normales.
Eran ajustes.
El tiempo estaba recolocando las piezas antes del evento principal. Y si ellos estaban siendo arrastrados al centro de todo… significaba una sola cosa.
—No somos espectadores —dijo Hana, cerrando el cuaderno con decisión—. Somos parte del epicentro.
En el pasado, Tatsuki miró el cielo nocturno. Las estrellas parecían ligeramente fuera de lugar.
—Si esto va a pasar… —dijo— entonces esta vez no voy a correr.
Ambos, sin saberlo, habían tomado la misma decisión.
Cuando el temblor real llegara,
no los encontraría huyendo.
Los encontraría listos.