Hana siempre creyó que los desastres se anunciaban con ruido. Sirenas, gritos, temblores evidentes.
Pero esta vez no fue así.
Fue el silencio.
Estaba sentada en el borde de la cama cuando lo sintió: una presión extraña en el pecho, como si el aire pesara más de lo normal. No era una visión completa, no era un recuerdo. Era una grieta. Algo que se estaba abriendo sin permiso.
—Está pasando otra vez… —murmuró.
Cerró los ojos y el mundo cambió.
Vio la ciudad desde arriba, intacta, viva… pero atravesada por líneas invisibles que se extendían bajo el suelo como venas tensas. Supo, sin que nadie se lo dijera, que esas líneas estaban a punto de romperse. El terremoto no era un punto en el futuro: era una cuenta regresiva.
Al otro lado del tiempo, Tatsuki se detuvo en seco en mitad de la calle. El suelo no tembló, pero su cuerpo reaccionó como si sí. El recuerdo que no era suyo lo atravesó: Hana, sentada, con la mano en el pecho, mirándolo sin verlo.
—Te siento —susurró, sin saber a quién hablaba.
Los relojes cercanos fallaron por un segundo. Un parpadeo mínimo. Suficiente para que él lo notara.
Tatsuki apretó los puños. Ya no tenía dudas.
El futuro no era una idea lejana.
Era algo que lo estaba buscando.
Esa noche, ambos escribieron en sus libretas, sin saberlo, la misma frase:
“No es el final lo que da miedo.
Es saber que todavía se puede cambiar.”
Y en lo profundo de la tierra, algo comenzó a moverse.