Hana despertó con la sensación de haber dicho algo importante… pero no recordaba cuándo.
Su libreta estaba abierta sobre el escritorio. La hoja no estaba en blanco.
La letra era suya.
La frase no.
“Si lees esto, significa que ya no estamos separados.”
El corazón le dio un salto.
—¿Qué…? —susurró, pasando los dedos por el papel.
No era una visión. No era un sueño.
Era una respuesta.
Al mismo tiempo, en la otra línea temporal, Tatsuki observaba su propio cuaderno con los ojos abiertos de par en par. La página que había dejado vacía la noche anterior ahora tenía una marca oscura, como si alguien hubiera presionado el papel con demasiada fuerza.
No eran palabras.
Era un dibujo.
Dos puntos separados por una grieta… y una línea que intentaba unirlos.
—Hana… —dijo en voz baja, por primera vez pronunciando su nombre sin saber cómo lo sabía.
El aire a su alrededor vibró. Apenas. Lo justo para que el vidrio de una ventana temblara.
Ambos sintieron lo mismo en ese instante:
el tiempo ya no solo mostraba recuerdos… ahora estaba reaccionando a ellos.
Hana volvió a cerrar los ojos y esta vez la visión fue distinta. No vio destrucción inmediata. Vio personas caminando sin saber que estaban sobre una herida invisible. Vio a Tatsuki de espaldas, parado en una calle que todavía existía… pero no por mucho.
—No es solo el terremoto —dijo con la voz temblorosa—. Somos nosotros.
Porque lo entendió al fin:
cada conexión que fortalecían acercaba el encuentro…
pero también debilitaba la barrera entre los tiempos.
En algún punto entre pasado y futuro, algo se rompió del todo.
No con ruido.
Con intención.
Y por primera vez, el tiempo eligió no ser neutral.