Ecos del silencio

La grieta invisible

El primer cambio no fue grande.
Por eso fue el más aterrador.
Hana estaba en la cocina cuando el reloj digital del microondas parpadeó.
12:17 → 12:16 → 12:17.
—Eso no es normal… —murmuró.
Golpeó suavemente el aparato. El reloj volvió a la normalidad, pero el frío que le recorrió la espalda no se fue. No era un fallo eléctrico. Ella lo sentía en el pecho, como una presión suave pero constante, igual a la que precedía a sus visiones.
Abrió la libreta.
Las páginas se movieron solas.
No pasaron rápido, ni de forma violenta. Fue lento, deliberado, como si alguien invisible buscara algo específico. Se detuvieron en una hoja que ella aún no había escrito.
Y aun así… estaba llena.
“El tiempo ya no nos separa.
Ahora nos observa.”
Hana tragó saliva.
—Entonces… ¿puedes verme? —preguntó al aire, sin saber a quién.
Del otro lado, Tatsuki sintió un mareo repentino mientras caminaba hacia casa. Se apoyó en una pared, respirando hondo. La calle seguía igual, los autos pasaban, la gente hablaba… pero algo estaba fuera de lugar.
Las sombras.
No coincidían con la posición del sol.
Miró al suelo y vio la suya alargarse un segundo más de lo normal, como si dudara antes de obedecer a la luz. En ese instante, una imagen cruzó su mente sin aviso: Hana, de pie, sosteniendo una libreta contra su pecho.
—Ya basta… —susurró—. Dime qué quieres.
El mundo respondió.
Un sonido bajo, profundo, recorrió el ambiente, como un temblor que aún no se decidía a nacer. No fue suficiente para alertar a nadie más, pero Tatsuki lo sintió hasta en los huesos.
Entonces ocurrió.
Frente a él, el aire se dobló.
No se rompió.
No explotó.
Se curvó, como un reflejo mal hecho.
Por una fracción de segundo, vio otra versión de la misma calle: edificios agrietados, polvo suspendido en el aire, silencio absoluto. Y en medio de esa escena… una silueta.
No podía verla con claridad.
Pero sabía quién era.
—Hana… —dijo, sin darse cuenta de que estaba llorando.
La imagen desapareció de golpe. Tatsuki cayó de rodillas, con el corazón desbocado. Las personas alrededor lo miraron raro, pero nadie había visto nada más.
Solo él.
Solo ella.
Hana, al mismo tiempo, cayó sentada en el suelo de su habitación. Las paredes vibraron apenas, lo suficiente para que un cuadro se torciera. Su celular comenzó a sonar sin que nadie llamara. Pantalla negra. Luego, una sola palabra apareció en blanco:
“CASI.”
—No… —susurró—. No puede ser ahora.
Porque lo entendió todo de golpe.
El terremoto no era solo un evento.
Era el punto donde ambas líneas temporales intentaban ocupar el mismo lugar.
Y ellos eran el ancla.
Si seguían acercándose, el encuentro sería inevitable.
Si se alejaban… el tiempo buscaría otra forma de cerrarse.
Hana se puso de pie con los ojos llenos de decisión.
—No voy a huir —dijo—. Si el tiempo quiere una respuesta… la va a tener.
En algún lugar del pasado, Tatsuki levantó la mirada con la misma determinación.
—Si esto se va a romper —murmuró—, que sea mirándote de frente.
Y por primera vez desde que todo comenzó,
el futuro no estaba escrito.




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