Ecos del silencio

Ecos que se cruzan

El temblor era apenas perceptible, pero Hana lo sintió como un golpe directo al pecho.
Se obligó a respirar hondo, intentando ignorar el mareo que recorría su cabeza y el inexplicable calor en sus manos.
La libreta estaba abierta frente a ella, y las páginas empezaron a vibrar suavemente, como si estuvieran anticipando algo que ella aún no comprendía.
—No… esto no puede estar pasando —susurró, mientras los números en su reloj daban vueltas y vueltas, desordenando el tiempo a su alrededor.
De repente, una hoja se desprendió y flotó frente a ella.
En ella había un dibujo: dos figuras, un chico y una chica, tomadas de la mano, atravesando una grieta luminosa que cruzaba el cielo y el suelo.
Hana lo reconoció de inmediato: era Tatsuki y ella, pero… en otro momento, otro lugar.
—¿Qué… significa esto? —preguntó, aunque sabía que nadie la escucharía.
Al otro lado de la ciudad, Tatsuki caminaba por el mismo callejón que había visto antes en su visión.
El aire estaba cargado, pesado, como si cada molécula supiera que algo iba a suceder.
Su mirada se clavó en una grieta tenue que comenzaba a formarse sobre el pavimento.
El suelo parecía vivo, vibrando al ritmo de un latido que no era el suyo.
—Hana… —susurró, apenas audible—. ¿Estás ahí?
No hubo respuesta, solo el sonido de las paredes doblándose ligeramente y un murmullo que parecía provenir de todos lados y de ninguno al mismo tiempo.
Tatsuki cerró los ojos, tratando de enfocarse, y en un instante vio una escena que lo dejó helado:
Hana, de pie en su habitación, extendiendo la mano hacia él, a través del tiempo y del espacio.
Los latidos de ambos comenzaron a sincronizarse.
Cada parpadeo, cada respiración, parecía acercarlos un poco más a un encuentro que la realidad aún no quería permitir.
Hana extendió la mano sin pensarlo, y de la punta de sus dedos surgió un pequeño destello, una chispa que recorrió la distancia invisible entre ellos.
Tatsuki extendió la suya, y las chispas se multiplicaron, llenando el espacio entre los dos de luz y sonido, como si el tiempo mismo los celebrara.
Por un instante, la ciudad desapareció.
El mundo se dividió en dos, y en el centro estaba su conexión.
No importaban los edificios, ni el polvo, ni el ruido: solo ellos, flotando entre lo posible y lo imposible.
—No puedo esperar más —dijo Hana, con lágrimas en los ojos—. Si vamos a encontrarnos… que sea ahora.
Tatsuki sintió que todo su cuerpo se erizaba, que la fuerza que lo había sostenido durante semanas se concentraba en un solo punto: ella.
Y entonces, un estruendo profundo recorrió ambos mundos:
una onda invisible que hizo que el aire se doblara, que los relojes titilaran y que el suelo vibrara bajo sus pies.
El tiempo estaba a punto de ceder.




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