Ecos del silencio

Cruz de destinos

Hana apenas podía mantenerse de pie.
El temblor no era solo físico: sentía como si cada recuerdo, cada visión y cada emoción que había acumulado en los últimos meses se concentrara en un solo punto de su pecho.
La libreta temblaba sobre la mesa, hojas arrancadas flotando en el aire, como queriendo escapar de la realidad.
—Tatsuki… —susurró, sin siquiera comprender si hablaba en voz alta o solo en su mente.
Al otro lado de la ciudad, Tatsuki sentía lo mismo.
Cada fibra de su ser vibraba con un llamado que no entendía del todo.
Era un murmullo del tiempo, de la ciudad, de algo que los estaba empujando a cruzar caminos.
De repente, ambos vieron algo que nunca antes habían presenciado:
una línea luminosa, tenue pero imposible de ignorar, que unía dos puntos de la ciudad como un puente suspendido entre el presente y el pasado.
Hana dio un paso al frente, sus pies flotando casi sin tocar el suelo, siguiendo la luz que parecía llamarla.
Tatsuki hizo lo mismo, sintiendo que cada paso lo acercaba a ella sin importar las distancias físicas ni temporales.
La línea se entrelazó con el mundo que conocían, doblando esquinas, atravesando paredes, ignorando las leyes de la física.
Cada segundo que pasaba, el brillo aumentaba, y ambos podían sentir que sus destinos se acercaban más y más.
—No puede ser… —dijo Tatsuki, intentando razonar—. Esto no puede estar pasando.
Hana, por su parte, solo podía mirar la luz y sentir que su corazón latía al unísono con el de él, aunque no lo hubiera tocado nunca.
Era una conexión más fuerte que cualquier miedo, más intensa que cualquier duda, más real que cualquier sueño.
Y entonces, como si el universo hubiera esperado el momento perfecto, sus manos se rozaron a través de la línea luminosa.
No fue un contacto físico, ni siquiera tangible: era algo más profundo, algo que solo podía sentirse.
Una chispa recorrió sus cuerpos, encendiendo recuerdos, emociones y promesas que aún no habían pronunciado.
—Hana… —susurró Tatsuki, y por primera vez sonrió sin miedo.
—Tatsuki… —respondió ella, sintiendo que el mundo entero desaparecía a su alrededor—. Te encontré.
En ese instante, todo se calmó.
El temblor se detuvo, la línea luminosa se desvaneció, pero la sensación permaneció: un lazo que ningún tiempo, ningún espacio y ninguna tragedia podrían romper.
Ambos sabían, sin decirlo, que aunque el futuro fuera incierto y los recuerdos se entrelazaran de formas que no comprendían, habían dado el primer paso hacia algo que cambiaría sus vidas para siempre.
Era solo el inicio.




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