Hana se despertó con un leve temblor en el pecho. No era miedo ni ansiedad; era una mezcla extraña de nostalgia y anticipación. Miró su libreta de visiones, el lugar donde anotaba cada fragmento del tiempo que le permitía ver el pasado y el futuro, y respiró hondo. Sabía que algo grande estaba a punto de suceder.
Las calles de la ciudad parecían más silenciosas que de costumbre. Los árboles movían sus hojas con un murmullo casi imperceptible, y el aire tenía un aroma fresco, limpio, como si la naturaleza misma supiera que algo iba a cambiar. Hana cerró los ojos y recordó la primera visión que había tenido de Tatsuki: su mirada tranquila, sus ojos cargados de misterio, y cómo, sin siquiera hablar, había sentido una conexión imposible de explicar.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia en su línea temporal, Tatsuki caminaba por la calle que siempre parecía distinta cada vez que pasaba por ella. Sus audífonos sonaban con música suave, pero su mente estaba completamente fuera de ritmo. Cada paso que daba resonaba con recuerdos que no eran suyos del todo: fragmentos de Hana, de su vida, de sus emociones entrelazadas en un tiempo que nunca había comprendido por completo.
El reloj marcaba las tres de la tarde cuando ambos, sin saberlo, miraron al cielo al mismo tiempo. Un rayo de luz se coló entre las nubes, iluminando sus rostros, y por un instante, todo se alineó. Hana vio una calle destruida, un edificio que no existía, y en la distancia, una figura que parecía estar llamándola. Su corazón latió con fuerza; era Tatsuki, aunque sabía que no podían encontrarse de manera física todavía.
—Tatsuki… —susurró sin querer pronunciarlo en voz alta—. ¿Puedes sentirme?
Tatsuki sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cerró los ojos y, por un momento, todo el ruido del mundo desapareció. Una voz silenciosa le habló desde el tiempo: “Hana está aquí, y todo lo que necesitamos está conectado.”
En la escuela, los objetos comenzaron a moverse con una lentitud casi mágica. Libros que caían, papeles que flotaban, y un cuaderno abierto que empezó a brillar. Hana corrió hacia él. No sabía si podía tocarlo, pero la sensación era real: podía sentir su presencia, su fuerza, y la calma que siempre la había acompañado en sus visiones.
—¿Hana? —dijo Tatsuki, con la voz entre cortada—. Te… puedo sentir.
Un temblor más fuerte recorrió la ciudad. Pero esta vez no era destructivo; era un puente. Un hilo invisible que conectaba sus mundos. Hana y Tatsuki se miraron a través del tiempo y el espacio, y por primera vez, las lágrimas brotaron sin miedo, sin confusión. Todo cobraba sentido. Cada visión, cada recuerdo perdido, cada momento de soledad que habían soportado… todo los había llevado hasta aquí.
—Nunca creí que te encontraría así —dijo Hana, con la voz quebrada—. Nunca creí que esto fuera posible.
—Yo tampoco —respondió Tatsuki, con una sonrisa que contenía todos los años de espera—. Pero aquí estamos. Y no importa cuándo ni cómo… esto es real.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse, un rayo de luz iluminó la calle, y por un segundo, Hana y Tatsuki sintieron que podían tocarse, abrazarse, y no dejar ir nunca más. No era el final todavía, pero el puente entre sus corazones estaba firme, y nada podría romperlo.
El mundo podía seguir moviéndose, podía seguir cambiando, podía seguir siendo incierto… pero ellos, al menos por un instante, habían encontrado su lugar. El lugar donde todo converge, donde los recuerdos, el tiempo, y la vida misma se entrelazaban en un solo latido.
Hana cerró los ojos, respiró profundo, y en silencio prometió que nunca dejaría que ese puente se rompiera. Y Tatsuki, al otro lado del tiempo, hizo lo mismo.
Porque aunque el futuro aún fuera un misterio, y el pasado una cadena de secretos, juntos habían encontrado la verdad más pura: que algunas conexiones no se rompen nunca.