Hana caminaba por la azotea del edificio más alto de la ciudad, dejando que el viento jugara con su cabello. Cada movimiento, cada brisa, le recordaba la primera vez que había sentido a Tatsuki a través del tiempo: un susurro en su pecho, un tirón que la hacía saber que alguien la estaba buscando aunque no pudiera verlo. La ciudad a sus pies parecía pequeña, insignificante, pero para ella ese panorama tenía un significado profundo: era el lugar donde todas sus visiones habían convergido, donde cada recuerdo y cada emoción finalmente encontraban sentido.
Mientras tanto, en su línea temporal, Tatsuki recorría los pasillos de la escuela con una sensación de urgencia que no podía ignorar. Cada paso resonaba con ecos del pasado, imágenes de Hana entrelazándose con los suyos propios. Sabía que el momento que habían estado esperando durante tanto tiempo estaba a punto de llegar. Podía sentirlo en cada latido de su corazón, en cada respiración contenida.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja y púrpura mientras el sol caía lentamente. Hana cerró los ojos y respiró hondo, recordando cada fragmento de su tiempo compartido: las visiones del pasado, los momentos perdidos, los recuerdos que parecían imposibles. Todo estaba allí, y todo apuntaba hacia un instante que prometía cambiarlo todo.
En ese mismo momento, Tatsuki levantó la vista. Una luz débil apareció a lo lejos, creciendo en intensidad hasta que se volvió cegadora. Entre esa luz, vio una silueta familiar: Hana. No importaba la distancia, no importaban los años que los separaban, no importaban las líneas temporales. Ella estaba allí, y él podía sentirla con la claridad más absoluta.
—Hana… —susurró, apenas audible, mientras el mundo a su alrededor parecía detenerse—. Ahí estás.
Hana abrió los ojos y, por primera vez, no hubo duda, ni miedo, ni confusión. Solo una certeza profunda que la atravesó por completo: Tatsuki estaba a su lado, aunque la distancia física los separara. Todo el tiempo que habían pasado separados, cada visión, cada recuerdo fragmentado, todo había sido una preparación para este momento.
El viento soplaba con fuerza, y la luz se volvió más intensa, hasta que finalmente ambos pudieron verse claramente. Sus miradas se encontraron, y en ese instante, el tiempo pareció detenerse. Todo el caos, todo el sufrimiento, toda la espera, se desvaneció. Lo único que quedó fue el reconocimiento absoluto de que sus vidas siempre habían estado entrelazadas.
—No importa cuándo ni dónde —dijo Hana, con lágrimas que brillaban bajo la luz del atardecer—. Siempre te encontraré.
—Y yo siempre te esperaré —respondió Tatsuki, con una sonrisa que contenía años de paciencia y amor contenido—. No importa lo que pase, este instante es nuestro.
El mundo a su alrededor comenzó a alinearse, como si el tiempo finalmente entendiera que ellos pertenecían juntos. Los edificios, las calles, los árboles, todo parecía vibrar con una armonía perfecta. Cada recuerdo, cada visión, cada error y cada acierto se unieron en un solo momento: un instante eterno donde Hana y Tatsuki podían tocarse, sentirse, y saberse reales.
Hana extendió la mano, y Tatsuki respondió con la suya. Sus dedos se rozaron primero, luego se entrelazaron, y finalmente, en un abrazo que parecía contener siglos de espera, se encontraron completamente. No había necesidad de palabras; todo lo que habían sentido, todo lo que habían vivido, se expresó en ese contacto silencioso pero poderoso.
Mientras el sol se ocultaba, dejando un cielo lleno de estrellas, ambos supieron que habían cruzado el puente que los conectaba más allá del tiempo y del espacio. Nada podría romper ese vínculo. Nada podría separarlos. El pasado, el presente y el futuro se habían alineado para darles un regalo único: un instante eterno, su propio universo compartido, donde podían existir juntos sin miedo, sin dudas, y sin límites.
El viento siguió soplando, las luces de la ciudad comenzaron a parpadear, y Hana y Tatsuki permanecieron allí, abrazados, mientras el mundo giraba a su alrededor. Por fin, después de tantas pruebas, de tantos años y tantas líneas temporales, habían encontrado su lugar.
Porque algunos encuentros no están destinados a perderse, y algunos amores no conocen barreras.0