El amanecer llegó lentamente, pintando el cielo con tonos de rosa, naranja y violeta. Hana y Tatsuki permanecían juntos, sentados en la azotea, sintiendo la brisa que ahora parecía más cálida, más amable. Cada segundo compartido era un recordatorio de que, a pesar de todos los obstáculos, de todas las líneas temporales, de todas las distancias, habían logrado encontrarse.
Hana apoyó la cabeza en el hombro de Tatsuki y cerró los ojos, dejando que los recuerdos fluyeran sin miedo. Recordó cada visión que la había guiado hasta ese momento: los edificios distorsionados, los papeles con palabras crípticas, los momentos en que sintió su presencia aunque no pudiera verlo. Todo había sido parte de un camino que finalmente los había reunido.
—Nunca pensé que esto sería posible —susurró Hana—. Pensé que quizá siempre estaríamos separados, atrapados en distintos tiempos…
Tatsuki la abrazó más fuerte, como si pudiera contener en ese gesto todo lo que había esperado.
—Yo también lo pensé… pero míranos ahora. Aquí estamos. Juntos. Todo el tiempo que perdimos, todo lo que sufrimos, no importó. Porque al final, el tiempo nos pertenece —dijo con una sonrisa tranquila y segura.
El viento movía sus cabellos y la ciudad despertaba lentamente a su alrededor. Cada luz, cada sonido, parecía resonar con la realidad de su unión. Era un mundo que aún podía cambiar, que aún tenía incertidumbre, pero en ese instante no importaba. Ellos habían encontrado lo que otros podrían pasar toda una vida buscando: un lazo que trascendía todo.
Hana abrió los ojos y miró el horizonte.
—Si pudiéramos volver al pasado o adelantarnos al futuro, ¿crees que cambiarías algo? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y temor.
—No —respondió Tatsuki con firmeza—. Todo lo que vivimos nos trajo aquí. Cada error, cada miedo, cada victoria… nos hizo quienes somos. Y nos hizo encontrarnos. No cambiaría nada. No hay nada que pueda mejorar lo que sentimos ahora.
Ella sonrió, y por primera vez, una sensación de paz completa la invadió. Se sentía libre, porque entendía que el amor que sentían no estaba limitado por las leyes del tiempo, ni por la distancia, ni por la lógica del mundo. Era un amor que existía más allá de todo eso.
Durante horas, simplemente estuvieron allí, abrazados y en silencio, hablando solo con miradas y gestos, disfrutando cada momento como si fuese eterno. Las sombras del pasado desaparecían y las visiones del futuro se diluían en la certeza del presente.
—Tatsuki… —dijo Hana finalmente—. Quiero que prometamos algo.
—Lo que sea —respondió él, curioso y confiado.
—Prometamos que, pase lo que pase, siempre nos encontraremos. Que no importa cuántos años o cuántas vidas debamos esperar… nunca nos perderemos de nuevo.
Tatsuki tomó su rostro entre las manos y la miró directamente a los ojos.
—Te lo prometo, Hana. Siempre. Sin importar nada.
El sol finalmente asomó completo, bañando la ciudad con luz dorada, mientras ellos permanecían juntos, sellando su promesa con un abrazo que parecía detener el tiempo por un instante más. La realidad podría continuar su curso, los días podrían cambiar, y el mundo podría seguir su ritmo, pero ellos habían encontrado su propio tiempo, un lugar donde solo existían ellos dos.
Y mientras el mundo despertaba a su alrededor, Hana y Tatsuki comprendieron que cada visión, cada espera, cada dolor y cada alegría los había llevado hasta allí. Porque algunas conexiones no se rompen, y algunos amores no conocen límites.
En ese instante, bajo el cielo que parecía reconocer su unión, supieron que, finalmente, todo había convergido.