El cielo nocturno estaba despejado, lleno de estrellas que brillaban como pequeños faros en la oscuridad. Hana y Tatsuki caminaban por el parque, tomados de la mano, cada paso sincronizado como si siempre hubiesen estado destinados a caminar juntos. No había prisa, no había miedo; solo la certeza de que estaban allí, el uno con el otro, y eso era suficiente.
Hana levantó la vista hacia el firmamento y suspiró.
—Siempre imaginé que si lograba ver el futuro o entender el pasado… encontraría algo importante. Pero nunca imaginé que lo más importante siempre estaría aquí —dijo, señalando la mano que sostenía la de Tatsuki.
Él sonrió, apretando suavemente sus dedos.
—Lo más increíble de todo esto no es viajar en el tiempo, ni ver visiones, ni entender recuerdos. Lo más increíble eres tú. Y saber que te tengo aquí, ahora, conmigo —respondió, con una calma que transmitía fuerza.
Ambos se sentaron en un banco, rodeados por el silencio de la noche y el susurro de las hojas mecidas por la brisa. Por un instante, todo parecía suspendido, como si el mundo hubiese decidido darles ese momento de paz infinita.
—Tatsuki… —Hana murmuró, su voz temblando ligeramente—. Gracias por nunca rendirte. Gracias por siempre buscarme, aunque no supieras dónde estaba.
—Y gracias a ti, Hana, por esperarme. Por creer, aunque todo pareciera imposible —dijo él, apoyando su frente contra la de ella.
Sus ojos se encontraron y en ese instante no había pasado ni futuro, ni líneas temporales, ni visiones misteriosas. Solo había ellos dos, un vínculo que había sobrevivido al tiempo y al destino.
—Prometamos algo más —dijo Hana, con una sonrisa que iluminaba su rostro—. Prometamos que sin importar qué caminos tomemos, siempre regresaremos aquí, juntos.
—Lo prometo —respondió Tatsuki—. Siempre.
El viento jugó con sus cabellos mientras un pequeño destello de luz cruzaba el cielo, recordándoles que el universo observaba, que el tiempo, finalmente, había conspirado a su favor.
Se abrazaron, sellando su promesa con un beso tierno, lleno de todas las emociones que habían acumulado durante años. Dolor, esperanza, miedo, alegría… todo se fusionaba en ese instante.
El reloj de la ciudad marcó la medianoche, pero para ellos, el tiempo ya no tenía sentido. Cada recuerdo, cada visión, cada momento perdido… todo había convergido para crear ese instante perfecto.
Y mientras las luces de la ciudad parpadeaban suavemente a lo lejos, Hana y Tatsuki comprendieron que la vida podía seguir su curso, que los días podían cambiar y que los mundos podrían desmoronarse… pero su conexión era eterna.
En la quietud de la noche, bajo un cielo que parecía aplaudir su unión, supieron que habían encontrado algo que ni el tiempo ni la distancia podrían romper.
Porque algunas almas están destinadas a encontrarse, y algunas historias están destinadas a tener un final feliz.
Y así, finalmente, el tiempo les pertenecía.