Ecos del silencio

Sombras del pasado

Hana caminaba por la antigua biblioteca del pueblo, el lugar donde todo había comenzado. Sus dedos rozaban los lomos de los libros, como si buscara una conexión que aún no comprendía. Cada estantería parecía susurrarle secretos, ecos de memorias que no eran completamente suyas.
—¿Por qué sigo sintiendo esto? —susurró para sí misma, con el corazón latiendo rápido.
Una brisa fría recorrió el lugar y las velas parpadearon. Hana supo que no estaba sola. Al girar, vio una figura en el pasillo, difusa, apenas un contorno de lo que parecía un joven con mirada profunda y serena. Su corazón se aceleró, pero no por miedo; era algo más, una mezcla de curiosidad y reconocimiento. Cada fibra de su cuerpo parecía reconocerlo, aunque nunca lo hubiera visto antes.
Mientras tanto, en otra línea temporal, Tatsuki revisaba los apuntes de su abuelo sobre el terremoto. Cada página revelaba detalles que no coincidían con su memoria de los hechos, como si los recuerdos se hubieran reescrito. Su mente intentaba conectar los puntos, pero había un vacío que no podía llenar. La sensación de que algo importante estaba fuera de su alcance lo inquietaba.
—Hana… —murmuró involuntariamente, sin saber por qué su nombre se escapaba de sus labios.
Las visiones comenzaron de nuevo. Edificios que se desmoronaban, calles que se desvanecían y luego reaparecían, todo mezclado con la imagen de la otra persona. Hana y Tatsuki, separados por el tiempo, pero unidos por una sensación que no podían ignorar. Era como si el mundo entero conspirara para acercarlos, aunque las circunstancias se empeñaran en mantenerlos distantes.
Un papel cayó del estante frente a Hana. Lo recogió y vio garabateadas unas palabras:
“Lo que buscas está más cerca de lo que imaginas.”
Su corazón dio un brinco. Sintió que todo lo que había vivido hasta ahora tenía un propósito. La biblioteca ya no era solo un lugar lleno de libros; era un puente. Un puente entre su mundo y el de Tatsuki, entre el pasado y el futuro.
Hana se acercó a una ventana y miró la ciudad. Todo parecía tranquilo, pero podía sentir el eco de los recuerdos, los latidos del tiempo. Cerró los ojos, respiró profundo y dejó que las visiones la guiaran. Cada sonido, cada sombra, cada libro abierto parecía mostrarle pistas, fragmentos de un rompecabezas que solo Tatsuki y ella podían completar juntos.
En el exterior, el sol comenzaba a descender, pintando el cielo con tonos naranjas y rojos. Hana podía sentir cómo el aire vibraba con algo desconocido, algo que no podía explicar, pero que sabía que estaba conectado con él. Allí, en algún lugar, Tatsuki estaba haciendo lo mismo: explorando recuerdos, tratando de encontrar respuestas, intentando que sus mundos se encontraran.
Un escalofrío recorrió su espalda y supo que algo importante estaba a punto de suceder. No sabía qué, ni cuándo, ni cómo. Pero estaba segura de que su vida y la de Tatsuki cambiarían para siempre.




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