Hana caminaba por las calles desiertas, cada paso resonando con un eco extraño, como si el tiempo mismo le hablara. Su cuaderno estaba abierto en sus manos, lleno de anotaciones y garabatos que intentaban capturar las visiones que no dejaban de perseguirla. Cada dibujo, cada nota, parecía más un mapa de destinos que un simple diario.
El sol caía lentamente, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados. Pero Hana no podía disfrutar de la belleza del atardecer. Su mente estaba ocupada en un pensamiento constante: Tatsuki.
—Debo encontrarlo… —susurró, apretando con fuerza el cuaderno contra su pecho.
En ese mismo instante, Tatsuki estaba en el borde del acantilado que dominaba el pueblo. Miraba cómo el viento movía los árboles y cómo las sombras de los edificios parecían alargarse y acercarse a él. Sacó su cuaderno y comparó las anotaciones con lo que recordaba de las visiones de Hana. Todo coincidía: lugares, sonidos, sensaciones.
—No puede ser… —dijo en voz baja—. Todo esto… es ella.
Un repentino temblor recorrió el suelo. No era fuerte, pero sí suficiente para hacer que ambos sintieran la misma sacudida al mismo tiempo, separados por kilómetros y años de diferencia. Hana se aferró al banco donde estaba, tratando de mantener el equilibrio, mientras que Tatsuki se agachaba, apoyando las manos en el suelo.
El cielo comenzó a cambiar. Nubes oscuras se movían rápido, formando figuras imposibles. Cada relámpago parecía dibujar líneas que conectaban los edificios con los árboles, y los destellos de luz parecían marcar un camino invisible hacia algún lugar desconocido. Hana y Tatsuki no lo sabían, pero ambos estaban siendo guiados por la misma fuerza: el tiempo mismo que intentaba unirlos.
Hana abrió los ojos y vio algo extraño: un brillo tenue, flotando sobre la plaza central. Caminó hacia él, hipnotizada, mientras su corazón latía con fuerza. Cada paso que daba la acercaba a un punto donde sabía que encontraría respuestas.
Tatsuki, al otro lado de la línea temporal, sintió lo mismo: una atracción invisible que lo empujaba hacia el mismo lugar, hacia la misma fuente de luz y misterio. El viento parecía susurrarle palabras que no podía entender, pero que lo hacían avanzar sin dudar.
Cuando ambos llegaron, en sus respectivos tiempos, al lugar donde los ecos del pasado y del futuro se encontraban, una sensación indescriptible los envolvió. Era como si pudieran sentir la presencia del otro, aunque no pudieran verse aún. El aire vibraba con energía, y cada partícula parecía murmurar secretos que solo ellos podían comprender.
Hana cerró los ojos y respiró hondo, mientras un pensamiento cruzaba su mente:
"Estamos más cerca de encontrarnos de lo que creemos…"
Tatsuki, sintiendo lo mismo, sonrió débilmente, con la certeza de que, de alguna manera, sus caminos se unirían.
El tiempo, finalmente, empezaba a mostrarles sus secretos.