Hana se sentó frente a su escritorio, mirando las luces de la ciudad que se reflejaban en su ventana. Todo parecía igual que siempre, pero ella sabía que nada volvería a ser igual. Cada visión, cada recuerdo cruzado con Tatsuki, había dejado una marca imborrable en su corazón.
—Tengo que hacer algo… —murmuró, con los dedos jugando nerviosamente con la libreta—. No puedo quedarme viendo cómo el tiempo nos separa.
Mientras tanto, Tatsuki recorría las calles de su ciudad, el aire frío golpeando su rostro, y pensaba en Hana. Cada pensamiento de ella era como un eco que resonaba a través del tiempo y la distancia. Su mente recordaba cada gesto, cada palabra que había visto o escuchado en las visiones.
—No importa cuán difícil sea —se dijo—. Debo encontrarla.
De repente, ambos sintieron un estremecimiento. No era solo un temblor físico, sino algo que recorrió sus huesos y sus mentes. Era la sensación de que las decisiones que tomaran a continuación definirían no solo su presente, sino todo el futuro que podrían compartir.
Hana tomó un bolígrafo y escribió con firmeza en su libreta:
“NO PUEDO ESPERAR MÁS. EL MOMENTO ES AHORA.”
En otro lugar, Tatsuki abría una antigua caja de recuerdos que había encontrado en la casa de su familia. Dentro, fotos, cartas y objetos que hablaban de un pasado que había olvidado. Entre ellos, un pequeño sobre con su nombre llamó su atención. Al abrirlo, encontró una nota escrita con la caligrafía de Hana:
“TE ESTOY ESPERANDO, DONDE EL TIEMPO SE ENCUENTRA.”
Sus ojos se llenaron de determinación. Sabía que no podía fallar. Tenía que cruzar todas las barreras, desafiar el destino y llegar hasta ella.
En la habitación de Hana, el mismo sobre apareció de la nada frente a ella. Lo abrió y leyó:
“TATSUKI… NO HAY MÁS ESPACIO PARA MIEDO. SOLO PARA NOSOTROS.”
Ambos sintieron una conexión más fuerte que nunca. El tiempo, con sus giros y sus secretos, ya no era un obstáculo. Era un puente que los guiaba, los unía y les mostraba que, aunque cada instante estuviera lleno de incertidumbre, la fuerza de su vínculo era invencible.
Hana y Tatsuki sonrieron, a kilómetros de distancia, pero con el mismo latido en el corazón, sabiendo que el siguiente paso definiría el destino de sus vidas y de su amor.