Hana caminaba por la calle desierta del parque, el aire frío rozándole el rostro, como si la ciudad misma la empujara hacia adelante. Cada paso resonaba en sus pensamientos: la sensación de que alguien la estaba esperando, alguien que no conocía pero que sentía como si siempre hubiera estado allí.
En sus manos, sostenía su libreta, donde había anotado cada visión, cada recuerdo ajeno al tiempo que no pertenecía a su presente. Miró al cielo, buscando una señal, un indicio de que todo ese esfuerzo por entender el pasado tendría sentido.
Mientras tanto, Tatsuki avanzaba por la misma ciudad, a unos metros de distancia, sin saber que los hilos invisibles del tiempo los acercaban. Su corazón latía más rápido de lo normal. Había sentido el tirón otra vez, esa punzada que cruzaba su pecho cuando miraba las calles vacías, como si alguien lo llamara desde un lugar que aún no conocía.
—¿Será posible… que la encuentre? —se preguntó en voz baja.
Hana se detuvo frente a un árbol que había visto tantas veces en sus visiones. Sus hojas parecían brillar con una luz propia, y un recuerdo la golpeó: la última vez que había sentido a Tatsuki, la ciudad temblaba bajo un terremoto que había marcado sus vidas. Todo lo que había ocurrido no era casualidad; cada visión, cada señal, la había llevado hasta este momento.
Del otro lado, Tatsuki se acercó al mismo árbol, con la sensación de que el tiempo ya no era lineal. Los segundos parecían dilatarse, y de repente, sus ojos se encontraron.
Por un instante, todo se detuvo. No había pasado ni futuro, solo ese instante eterno donde sus miradas se cruzaban. Hana sintió una calidez recorrer su cuerpo, una certeza que no podía explicar, pero que llenaba cada vacío que había tenido en los últimos años.
—Tatsuki… —susurró, apenas con voz.
—Hana… —respondió él, como si pronunciar su nombre cerrara todos los vacíos que el tiempo había abierto.
Ambos dieron un paso adelante, y el mundo pareció encogerse alrededor de ellos. Las líneas temporales, los recuerdos, las visiones… todo convergía allí, justo en ese instante. Hana extendió la mano, y Tatsuki la tomó con suavidad, como si siempre hubiera esperado ese momento.
—Finalmente… te encontré —dijo él.
—Y yo a ti —respondió ella, con una sonrisa que iluminó su rostro.
El viento movió las hojas del árbol, y en ellas, un reflejo fugaz de todos los recuerdos que compartieron: risas, lágrimas, dudas, sueños. Todo culminaba en ese encuentro. Todo había valido la pena.
Por primera vez, Hana y Tatsuki sintieron que el tiempo estaba de su lado. Que aunque los años los hubieran separado, los recuerdos los habían mantenido unidos. Y en ese silencio lleno de significado, comprendieron algo que nunca olvidarían: el amor verdadero no conoce límites, ni tiempos, ni distancias.