Ecos del silencio

El tiempo se rinde

Hana y Tatsuki permanecieron frente al árbol, entrelazando sus manos como si eso pudiera sostener el mundo entero. La ciudad estaba silenciosa, como conteniendo la respiración ante el momento que estaba por ocurrir.
—No sé si esto es un sueño o la realidad —dijo Hana, con los ojos brillantes de emoción.
—No importa —respondió Tatsuki—. Lo que importa es que estamos aquí, ahora.
Un viento suave recorrió el parque, levantando las hojas a su alrededor. Cada hoja parecía llevar consigo un fragmento del pasado, una visión, un recuerdo que los había guiado hasta este instante. Hana cerró los ojos, sintiendo el peso de los años y la distancia entre ellos desvanecerse.
—Todas las veces que te busqué… —susurró, con la voz entrecortada—. Todas las señales, los recuerdos… eran para esto.
Tatsuki apretó su mano, y en ese gesto, Hana sintió la certeza de que no había error en el tiempo ni en las visiones. Todo había sucedido para que se encontraran justo ahora.
El cielo comenzó a teñirse de colores cálidos, como si el mundo celebrara su encuentro. Los sonidos de la ciudad se volvieron suaves y armoniosos, y por un momento, Hana y Tatsuki dejaron de sentir el tiempo como algo lineal. Todo el pasado y el futuro convergían en ese instante perfecto.
—Prométeme algo —dijo Hana—. No importa lo que pase, siempre recordaremos este momento.
—Te lo prometo —replicó él, con una sonrisa que podía iluminar cualquier oscuridad.
Ambos cerraron los ojos, y al abrirlos, el mundo parecía distinto: lleno de posibilidades, lleno de esperanza. Las líneas temporales ya no eran un obstáculo; se habían convertido en un puente que los unía.
Hana apoyó su cabeza en el hombro de Tatsuki, y él la rodeó con sus brazos. Por primera vez en mucho tiempo, el tiempo no los separaba, sino que los abrazaba, manteniéndolos juntos.
—Te encontré —dijo él, apenas un susurro.
—Y yo a ti —respondió ella, con una sonrisa tranquila y segura.
En ese momento, nada más importaba. Ni las visiones, ni los recuerdos, ni los años que los habían separado. Solo existían ellos dos, y un amor que había desafiado el tiempo mismo.
Las luces de la ciudad titilaron suavemente, como aplaudiendo su encuentro. Hana y Tatsuki se miraron, y por primera vez, comprendieron que aunque el tiempo podía jugar, no podía vencer lo que sus corazones habían encontrado.
El final estaba cerca, pero este instante quedaría para siempre, un eco eterno en el tiempo.




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