La oscuridad en la librería no era absoluta; se filtraba una luz azulada y eléctrica cada vez que un relámpago rasgaba el cielo del Valle de los Ecos. Julián no soltó la mano de Valentina. Sus dedos estaban entrelazados con una fuerza que decía más que mil disculpas. En ese contacto, ella pudo sentir el pulso acelerado de él, una confesión física de que, a pesar de su fachada de acero, Julián Torres también tenía miedo.
— No hagas ruido —susurró él, su aliento rozando el oído de Valentina.
Abajo, el sonido de la madera astillada fue seguido por el golpe seco de una bota pesada contra el parqué. Luego, el haz de una linterna empezó a barrer el techo, filtrándose por las rendijas de la barandilla de madera del segundo piso.
Valentina sintió que el pánico subía por su garganta como una marea helada. Sus instintos le gritaban que corriera, que saliera de allí, pero Julián la guio hacia la sección de "Clásicos Universales". Ella conocía este lugar mejor que su propia habitación. Recordaba que detrás de la enciclopedia británica de 1940 había un espacio vacío, un escondite que la tía Beatriz le mostró cuando ella apenas tenía ocho años.
— Por aquí —indicó ella en un susurro apenas audible.
Se deslizaron detrás de una pesada estantería móvil. El olor a papel viejo y cuero podrido era más fuerte allí, una mezcla de nostalgia y abandono. Se quedaron inmóviles, pecho contra pecho, intentando sincronizar sus respiraciones para no delatarse. La cercanía era abrumadora. Valentina podía sentir el calor del cuerpo de Julián, el aroma de su perfume —ese que ella siempre asoció con el éxito y la distancia— ahora mezclado con el sudor y la humedad de la tormenta.
— ¿Por qué están aquí, Julián? —preguntó Valentina, con el corazón martilleando contra sus costillas—. El abogado... él sabe lo del diario, ¿verdad?
— Él no quiere la librería, Val. Quiere el terreno para el complejo de lujo. Pero si el diario sale a la luz, la estafa de nuestros abuelos se vuelve un caso penal y civil que bloquearía la venta por décadas. Somos los únicos que podemos probar que este lugar nunca perteneció legalmente a nuestras familias.
Los pasos abajo se detuvieron. Un silencio antinatural llenó el edificio, roto solo por el goteo constante de una gotera en la sección de cocina.
— Sé que están arriba —dijo una voz desde la planta baja. No era la voz del abogado, sino una más ronca, profesional, peligrosa—. Entreguen el cuaderno de la vieja y podrán salir de aquí caminando. No hagan esto más difícil de lo que ya es.
Julián apretó la mandíbula. Valentina vio cómo sus ojos buscaban una salida. Él no era solo un rival académico; era un estratega.
— Valentina, escucha —susurró él, acercando sus labios a su frente en un gesto que la hizo estremecer—. El diario no es lo único. Beatriz mencionó el estante de 'Poesía Olvidada'. El contrato original está ahí. Si ellos lo encuentran, lo quemarán. Necesito que vayas por él mientras yo los distraigo.
— ¡No! —ella lo sujetó de la solapa de su chaqueta—. No te voy a dejar solo con ellos.
— Es la única forma. Tú conoces los pasadizos de los estantes mejor que nadie. Yo soy el que ellos quieren. Si me ven, me seguirán hacia el almacén trasero. Tienes cinco minutos para llegar a la sección de poesía, encontrar ese papel y salir por la ventana de la oficina.
— Julián... —sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración—. Siete años odiándote y ahora te haces el héroe.
Él le dedicó una sonrisa ladeada, esa sonrisa arrogante que ella tanto detestaba, pero que en ese momento le devolvió el alma al cuerpo.
— No es heroísmo, Soler. Es que todavía te debo esa décima de punto de la graduación. Considera esto mi forma de equilibrar la balanza.
Antes de que ella pudiera replicar, Julián se separó. Tomó un pesado tomo de "Historia de la Guerra Civil" y lo lanzó con fuerza hacia el extremo opuesto del pasillo. El libro impactó contra el suelo con un estruendo que resonó como un disparo.
— ¡Ahí están! —gritó el intruso.
La linterna se movió rápidamente hacia la dirección del ruido. Julián salió de las sombras, corriendo ruidosamente hacia las escaleras de servicio, atrayendo la atención del hombre hacia él.
Valentina se quedó sola en la penumbra. El frío de la ausencia de Julián fue instantáneo, pero el fuego de la adrenalina la obligó a moverse. Tenía que llegar a la sección de poesía. Tenía que salvar el legado de Beatriz. Pero, sobre todo, tenía que asegurarse de que Julián no terminara pagando el precio de un pecado que sus abuelos cometieron hace cincuenta años.
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Editado: 21.06.2026