ecos del silencio entre nosotros

EL LATIDO DE LO OLVIDADO

Valentina se quedó sola en la penumbra del segundo piso. El eco de los pasos de Julián alejándose, atrayendo al intruso hacia el almacén, resonaba en sus oídos como una sentencia. El silencio que siguió fue sepulcral, solo interrumpido por el rugido del viento exterior que hacía crujir las vigas de madera de la vieja casona.
— Concéntrate, Valentina —se susurró a sí misma, con la voz temblorosa—. Poesía Olvidada. Tercer pasillo, al fondo a la derecha.
Se movió pegada a las estanterías, usando el tacto para guiarse. Sus dedos rozaban los lomos de cuero, tela y papel; cada textura le devolvía un fragmento de su infancia. Recordó a la tía Beatriz sentada en su sillón de orejas, recitando versos de Neruda mientras el sol de la tarde bañaba la estancia. En aquel entonces, la poesía parecía un juego; ahora, era su única esperanza.
Llegó al rincón más oscuro de la librería. El estante de "Poesía Olvidada" estaba cubierto por una capa de polvo tan densa que ocultaba los títulos. Era un lugar que nadie visitaba, un cementerio de versos que el mundo moderno ya no quería leer.

Con las manos temblando, Valentina empezó a palpar detrás de los libros. Rimas y Leyendas, Hojas de Hierba, Las Flores del Mal... los tomos se sentían gélidos bajo sus yemas. De repente, su mano chocó con algo diferente. No era madera, ni papel rugoso. Era metal frío.
Tiró de un pequeño saliente y, con un gemido de bisagras oxidadas, una sección del fondo del estante se deslizó hacia atrás. Allí, protegido de la humedad y del tiempo, descansaba un sobre de papel manila atado con un cordel rojo.
Lo tomó con una reverencia casi religiosa. Pero al sacarlo, un sobre más pequeño y amarillento cayó al suelo. Valentina se agachó para recogerlo. Tenía una caligrafía que reconoció de inmediato por las fotos antiguas de su casa: era la letra de su abuelo, Ricardo Soler.

"Para mi querida Beatriz. Si estás leyendo esto, es porque el mundo ha sido más cruel de lo que imaginamos. Perdóname por no ser lo suficientemente valiente para enfrentar a mi padre. Perdóname por dejar que el apellido Soler se manchara con el robo a los Lorca. Mi castigo será odiar a los Torres en público, mientras te amo en cada verso que escribo en secreto. Que nuestros nietos no carguen con nuestras cadenas."

Un sollozo escapó de los labios de Valentina. La rivalidad de décadas, las peleas de sus padres, su propia guerra con Julián en la universidad... todo había sido una construcción basada en una mentira para ocultar un amor prohibido y un crimen compartido.
— No permitieron que ustedes se amaran —murmuró Valentina, guardando la carta en su bolsillo—, pero no van a detenernos a nosotros.
Un estruendo de cristales rotos llegó desde el almacén, seguido de un grito de dolor.
— ¡Julián! —el nombre salió de su boca antes de que pudiera evitarlo.
Olvidando la precaución, Valentina corrió hacia la barandilla. Abajo, en el almacén, la linterna del intruso yacía en el suelo, iluminando de forma errática. Julián estaba forcejeando con el hombre cerca de una de las prensas de encuadernación antiguas.
Julián, usando su ingenio, había activado una de las poleas manuales de carga, haciendo caer una red de pesadas alfombras sobre el atacante, pero el hombre era más fuerte y se estaba liberando, sacando una navaja que brilló bajo el haz de luz.
Valentina miró el sobre en su mano y luego a Julián. Tenía el contrato que salvaría la librería, pero si no intervenía, perdería al hombre que le daba sentido a ese lugar.
Buscó a su alrededor y vio el extintor de incendios colgado en la columna de madera. Lo tomó con ambas manos, sintiendo su peso sólido.
— ¡Eh, tú! —gritó Valentina desde el balcón, con una fuerza que no sabía que poseía.
El hombre de traje gris levantó la vista, confundido. En ese segundo de distracción, Julián le propinó un golpe certero en la mandíbula, pero el intruso lanzó un tajo con la navaja que rasgó la manga de la chaqueta de Julián.
Valentina no lo pensó dos veces. Saltó sobre la escalera de caracol, bajando los peldaños de tres en tres. No era la estudiante perfecta de Derecho, ni la heredera asustada; era una Soler defendiendo su historia.




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