La librería quedó sumida en un silencio extraño tras la partida de los padres de Julián y Valentina. Era un silencio que ya no pesaba por los secretos, sino por las palabras que ambos tenían miedo de pronunciar ahora que el mundo exterior los había dejado solos.
Valentina se dedicó a recoger los libros que habían caído durante el forcejeo. Sus manos aún temblaban ligeramente. Julián la observaba desde el mostrador, con la venda de su brazo empezando a mancharse de un rojo pálido.
— Deja eso, Val —dijo él, su voz suave pero con ese tono de mando que ella siempre había odiado, aunque ahora sonaba a preocupación—. Has hecho suficiente por hoy. Mañana contrataremos a alguien para que arregle los cristales.
— No puedo dormir con este desastre, Julián —respondió ella sin mirarlo, intentando ocultar el nudo en su garganta—. Si dejo de moverme, voy a empezar a pensar en lo que mi madre dijo. En que ya no tengo nada.
Julián se levantó con un quejido sordo y caminó hacia ella. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que Valentina sintiera el calor que emanaba de su cuerpo.
— Tienes la librería. Y me tienes a mí —él le quitó suavemente el libro de las manos—. Y aunque mi cuenta bancaria esté a punto de ser congelada por mi padre, sigo siendo el mejor abogado que podrías tener como socio. Eso es mucho más que "nada".
Valentina finalmente levantó la vista. La luz de la luna, que entraba por el ventanal roto, perfilaba el rostro de Julián, dándole un aspecto casi vulnerable.
— ¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella en un susurro—. Podrías haber recuperado tu vida perfecta con solo entregar ese sobre. Tu carrera, tu estatus... lo tiraste todo por la borda.
— Lo tiré por la verdad —Julián acortó la distancia, atrapándola entre su cuerpo y la estantería de madera—. Y porque hace siete años cometí el error de dejar que una estúpida competencia nos separara. No voy a cometer el mismo error dos veces, Valentina. Prefiero ser un abogado pobre contigo, que un tiburón solitario en una oficina de cristal.
El aire entre ellos se volvió denso, casi sólido. Valentina podía oler el aroma a café y a la lluvia que aún persistía en la ropa de Julián. Sus ojos bajaron a los labios de él, y por un segundo, el mundo exterior —los Lorca, las deudas, el escándalo— desapareció por completo.
— Tengo hambre —soltó ella de repente, rompiendo el hechizo con una risa nerviosa.
Julián parpadeó, sorprendido por el cambio de tema, y luego soltó una carcajada limpia, la primera que Valentina le escuchaba desde que eran niños.
— Yo también. Y sospecho que la cocina de la tía Beatriz no ha visto comida fresca en meses.
Subieron a la planta alta, a la vivienda privada de la tía. Era un espacio congelado en el tiempo: muebles de mimbre, paredes tapizadas con papel floreado y una cocina pequeña con una estufa de hierro que parecía un artefacto de museo.
— Muy bien, Torres —dijo Valentina, abriendo la alacena—. Veamos si tus habilidades en la cocina son tan buenas como tus argumentos en el tribunal.
— Prepárate para ser derrotada, Soler. Hago una pasta al dente que te hará olvidar que alguna vez me odiaste.
Pasaron la siguiente hora entre risas y discusiones sobre cuánta sal necesitaba el agua. Fue un momento de normalidad casi irreal. Ver a Julián, con la camisa arremangada y el delantal de flores de la tía Beatriz, peleándose con una olla de fideos, era una imagen que Valentina guardaría en su memoria para siempre.
Mientras cenaban en la pequeña mesa redonda, bajo la luz de una lámpara de vitral, la conversación volvió a lo importante.
— Mañana tenemos que trazar la ruta —dijo Julián, ahora más serio—. Según el diario, la última heredera de los Lorca se mudó a un pueblo en la sierra. Si logramos que ella firme la aceptación de la restitución antes de que mi padre mueva sus influencias en el juzgado, habremos ganado.
— Es un viaje de seis horas por carretera de montaña —añadió Valentina—. Y solo tenemos mi viejo coche. ¿Estás listo para un viaje sin aire acondicionado y con la posibilidad de quedarnos varados en medio de la nada?
Julián tomó la mano de Valentina sobre la mesa. Sus dedos se entrelazaron con una naturalidad asombrosa.
— Valentina, he pasado siete años en oficinas con aire acondicionado deseando estar en cualquier lugar donde tú estuvieras. Un coche viejo en la montaña me parece el paraíso ahora mismo.
Se quedaron mirando, las sombras de las velas bailando en sus rostros. La tregua de la medianoche estaba llegando a su fin, y el viaje que empezaría al amanecer no solo decidiría el futuro de la librería, sino el de sus corazones.
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Editado: 21.06.2026